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Agostino, Alberto Moravia

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Agostino, Alberto Moravia

Actualizada 16/11/2018 a las 11:49
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He venido a Capri a encontrarme con el escritor italiano. Él nació en Roma, pero ambientó en esta isla del Tirreno la historia de la que vamos a hablar enseguida. Es una mañana luminosa de noviembre. El señor Moravia y yo nos hemos sentado en uno de los muelles del puerto de Marina Grande. Desde aquí se ven las barcas amarradas y, más allá de la bocana, las olas chocando contra los acantilados.

 

 

Empecé a escribir esta novela corta un día como hoy. A mediados de otoño. Entonces vivía en Roma y debí de recordar con nostalgia las últimas vacaciones. Seguramente llovía y yo echaba de menos el sol y el calor. Quizá, en un intento por regresar con la imaginación a este sitio, calculé mal las distancias y, en vez de desplazarme en el espacio, acabé viajando en el tiempo.

Supongo que se refiere a la evocación del principio de la adolescencia, del final de la infancia.

Que es el gran tema de mi libro. Esa edad en la que todavía somos niños pero ya intuimos lo que vendrá. El inicio de la transformación. Así como nuestra voz se rompe en tonos diferentes, nuestro carácter pierde la estabilidad de los años felices y se desequilibra dando bandazos como un borracho por la calle. Es ahí donde se encuentra mi personaje. En el umbral de un periodo turbulento.

Y en cuanto al entorno para todo eso, yo quería ambientar la trama en un lugar de verano. En un contexto de ocio y ligereza. Necesitaba una estación en la que los cambios físicos y mentales de un muchacho fuesen más veloces, más evidentes. Una época en que la atracción entre los cuerpos, el componente sexual, jugara un papel relevante.

Sí, el sitio y el momento parecen propiciar un despertar colectivo en ese sentido. Por un lado, el flirteo de la madre de Agostino con el joven del patín; por otro, la relación ambigua del Saro con los chavales de la pandilla y el interés que empiezan a notar ellos por las mujeres en general.

Todo sucede de golpe. Durante esa clase de días en que no hay nada más importante, nada más urgente que dejarse llevar por los propios apetitos. Y esa contraposición entre lo que observa en su madre y lo que experimenta cuando está con los otros chicos explota en la vida del protagonista como un acontecimiento decisivo. Agostino sabe que son distintos aspectos de un mismo fenómeno. Manifestaciones de un cambio inevitable. Sin embargo, las cosas ocurren tan deprisa que él no tiene tiempo de asimilarlas. No ha podido prepararse para ellas. Lo único que puede hacer es reaccionar sobre la marcha, intentar que el impacto psicológico sea el menor posible.

Usted describe muy bien la confusión del personaje, su encontronazo brutal con el universo de los adultos. No obstante, no cree que en algunos pasajes hay un exceso de explicaciones?

Es posible. A menudo el autor subestima la capacidad del lector. La destreza que le permite leer entre líneas, ir más allá de la escena narrada. Teme no ser lo suficientemente claro y practica una especie de escritura defensiva. Prefiere repetirse, insistir en las cuestiones que considera esenciales, con tal de que llegue la idea. Con tal de transmitir de una manera solvente sus observaciones, su disección audaz de los sentimientos. Entonces comete el error de aportar al texto fragmentos superfluos, de invadir el terreno del lector.

Ya atardece en Capri. Ahora los dos nos hemos callado para contemplar las luces de los barcos y los faroles de los pescadores que han colocado sus cañas en el muelle. Antes de despedirme del señor Moravia, me vuelvo una última vez hacia él y le pregunto cómo se imaginó la madurez de Agostino. En qué tipo de persona cree que se habría convertido.

Sé que le benefició cruzarse con aquellos chicos diferentes. Creo que, gracias a ellos, conoció una realidad distinta, un mundo al que no se habría asomado en otras circunstancias. Seguramente formó parte de la pandilla durante varios veranos, y el contraste entre ese entorno semisalvaje y su vida de muchacho rico, de joven privilegiado, le enseñó muchas cosas. Le hizo un hombre de verdad.

 

 

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