El año de la liebre, Arto Paasilinna

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Ignacio Lloret

Publicado el 31/10/2018 a las 09:34

Estoy sentado en las escalinatas que hay a los pies de la catedral luterana de Helsinki. Es una mañana soleada de julio. Con la luz de verano, la piedra blanca del edificio resplandece más que nunca. A mi lado, el escritor finlandés mira con curiosidad a los turistas y sonríe sin decir nada. Yo dejo que se relaje durante unos minutos y luego me vuelvo hacia él para preguntarle por su novela.

 

Disfruté mucho escribiéndola. Me lo pasé tan bien como Vatanen, el protagonista. Además, aproveché la ocasión para viajar por el país, para recorrerlo de un extremo a otro. Entonces hacía tiempo que no me movía de casa, así que el libro fue un buen pretexto para volver a encontrarme con los paisajes y la gente de mi tierra.

El atropello fortuito de la liebre y la decisión de Vatanen de recogerla y curarla es el elemento desencadenante de todo lo que ocurre después. Lo curioso es que, a pesar de vivir un año entero con ella, no llega a ponerle nombre.

Al principio quise que lo hiciese. Pensé que era lo habitual en una situación así. Más tarde me di cuenta de que la mascota mantenía mejor su valor simbólico de esa manera. Llamada con un término genérico.

Por otro lado, el encuentro con la liebre es más revelador en relación con el pasado del personaje que con su futuro. Con la existencia que ha llevado hasta el momento. Es verdad que determina lo que le sucede a partir de ese día y, sin embargo, significa sobre todo el final de muchas de las cosas absurdas y banales que ha tolerado el periodista. Un punto de inflexión. Una especie de caída bíblica del caballo. De golpe, en medio del bosque, Vatanen comprende que se ha comportado como un estúpido durante gran parte de su vida.

Su periplo errático por Finlandia le permitió a usted como autor trazar un retrato del país, tomarle el pulso en una época concreta.

Quise hacerlo en clave cómica. A través de una serie de figuras peculiares. Era un modo indirecto de abordar los problemas, los asuntos importantes. En cierto sentido, Vatanen es como el Principito en el relato de Saint-Exupéry. Y quizá la liebre sea el cordero. Sí, hay un paralelismo entre ambos libros. Los personajes con los que se topa mi protagonista son tan extravagantes como los descritos por el pequeño príncipe. Su forma de tratarles es similar. Yo los exagero para que el lector vaya más allá de lo aparente. Para que trascienda el envoltorio grotesco de cada individuo y vea en él un corazón atribulado, una pena en marcha, un sueño por cumplir. Para que, observando a todos esos hombres y mujeres perdidos entre lagos y bosques, intuya lo que ocurría o lo que no funcionaba entonces en ese territorio de Escandinavia.

En un tiempo en que predominaban en Europa las novelas con carga ideológica y formas experimentales, debió de sorprender la suya, sencilla y sin pretensiones.

El escritor no debe hacer caso de las modas. Ni de lo que reclame el público en general. Debe seguir su propio camino. Dejarse llevar por su olfato estético. Por las voces que susurran en su cabeza. Bajo esa premisa, yo un día imaginé a Vatanen y quise conocerle mejor. Quise saber si era capaz de romper con todo y adentrarse en la espesura. Averiguar hasta qué punto necesitaba convertirse en alguien diferente. Así que le hice bajarse del coche en el primer capítulo, buscar a la liebre que había atropellado su compañero, y alejarse con ella hacia un universo nuevo, hacia un lugar donde no había estado antes.

Y para narrar todo eso me bastaba un estilo claro, un discurso al alcance de cualquiera. En cuanto a las ideas de fondo, prefería que las pusiera cada lector.

Atardece en el centro de Helsinki. El señor Paasilinna parece más inquieto que al principio. Entonces, cuando voy a preguntarle por la causa, él se anticipa y se dirige a mí una última vez.

Hay algo que no me gusta de la novela. Algo que hoy quitaría, que escribiría de otra manera. Me refiero a los episodios del cuervo y del oso. Ya no los mataría. Ya no permitiría que Vatanen los matara. No, ahora dejaría que los persiguiera entre los árboles, pero luego ellos escaparían y seguirían viviendo con toda su dignidad de criaturas salvajes.

 

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