Aferrarse a la vida, Charles Aznavour

Publicado el 26/10/2018 a las 09:56
Estoy en Mouriès, en la Provenza, con el señor Aznavour. He querido visitarle aquí, en esta población del sur de Francia, porque es un lugar muy bonito y porque es el sitio donde murió. Ahora, esta mañana luminosa de noviembre, acabamos de sentarnos en un café del centro y vamos a conversar sobre su autobiografía.
Debió de sorprender su extensión. Que fuese un libro tan corto. Teniendo en cuenta mi edad, los muchos años que viví, puede que los lectores esperasen un volumen enorme y se encontraran con otra cosa. Pero es que yo no pretendía contar mi vida. No del modo en que suele hacerse. No me interesaba un registro de datos, fechas, nombres, triunfos o avatares personales. Yo quería ir a lo esencial. No a la anécdota, sino a la categoría. En fin, ojalá nadie salga decepcionado.
Explíquese, por favor.
Para mí se trataba de hacer referencia a los hechos dentro de un contexto. Como parte de un planteamiento. De una visión propia sobre el oficio de músico. Sobre el aprendizaje que experimenta cualquier individuo. Sobre ese acercamiento a los demás que nos permite entenderles aunque sean muy diferentes de nosotros.
Y, claro, la canción debía ocupar el centro de todo eso. Yo quería hablar de las canciones como el medio del que dispuse para enfrentarme al mundo. Para comprenderlo. Para amarlo. Me urgía decir a quien me leyese que yo me había subido a los escenarios para cantarle a él o a ella, a un hombre o a una mujer concretos. Que quizá por eso, para poder hablarle a cada uno, había necesitado miles de actuaciones, miles de conciertos, más de seis décadas de profesión.
De ahí que usted añadiera la letra de una canción al final de cada capítulo.
Ése es nuestro modo de expresarnos. Me refiero a los cantautores. La única forma en la que confiamos de verdad. Hasta el punto de que uno tiene la sensación de ser redundante al escribir libros como éste. Porque uno ya ha dicho todo a través de la música. De los textos de las canciones. En las grabaciones y en vivo. En el mejor de los casos, uno va a repetirse. Va a volver a decir algo, lo mismo, pero de una manera mucho más torpe. Sin ritmo. Sin armonía. Sin gracia.
Sin embargo, a veces el recurso a la prosa es necesario para exponer ideas, insistir en alguna cuestión importante o aclarar malentendidos. Yo he tenido la impresión de que usted quería aprovechar su autobiografía en ese sentido.
Es posible. A lo mejor los versos y las rimas, la música en definitiva, es más eficaz como distracción que como mensaje. Quizá sea difícil mecer a alguien y comunicarle cosas al mismo tiempo. Quizá sea una insolencia el mero hecho de intentarlo.
Soy consciente de que ésa fue una de mis peleas sin éxito. Yo quise reivindicarme como compositor, como autor de las letras que cantaba, pero el público me veía sólo como intérprete. Eso no significa que no escucharan lo que decía. Ocurría que, al verse envueltos en una atmósfera sonora y melódica de varios minutos, mis seguidores se relajaban y dejaban a un lado su parte intelectual. Su mecanismo razonador. Todo lo que no se veía afectado por la emoción. Entonces, desactivada su vertiente lógica, se desplomaban en mis brazos como cuerpos sin aire. Pensándolo bien, sería muy descarado pedir más.
En el fondo, este libro puede verse también como una especie de título de crédito. Una serie de notas a pie de página, de la página de su partitura.
Donde lo que más me interesaba era expresar mi agradecimiento a quienes me ayudaron en mis comienzos. Recordar a las personas que me acompañaron en vida y dirigirme con palabras sencillas a todos aquellos a quienes lo poético no conmueve tanto como lo narrativo.
Ya es mediodía en Mouriès. Ahora la luz de otoño, la que atraviesa los cristales del local, es más intensa que al principio, pero no llega a calentarnos del todo. Es el momento de poner fin a esta conversación. Antes de despedirme del señor Aznavour, le pregunto qué hizo para ser tan longevo.
No preocuparme por ello.