El primer amor, Iván Turguéniev

Publicado el 03/08/2018 a las 12:44
He viajado hasta Oriol, en el sur de Rusia, para visitar al señor Turguéniev en su ciudad natal. Es una tarde nublada de octubre. Desde el banco donde estamos sentados, se ve el río Oká y las llanuras que se extienden hacia Ucrania. He terminado de leer esta deliciosa novela corta justo antes de llegar aquí, y ahora quiero conversar sobre ella con su autor.
Un romance de verano. Ése era mi propósito. Una historia donde yo pudiera conjugar el elemento sentimental con las bondades de la estación. Sin olvidar la juventud. Me refiero a la del protagonista. Porque es entonces, a esa edad en que todavía no han empezado las obligaciones, cuando de verdad se dispone de tiempo para el amor.
Aunque el libro arranca con un narrador omnisciente, luego todo lo cuenta Vladímir Petróvich en primera persona, remontándose a un momento del pasado. Supongo que le interesaba el punto de vista de un chico de dieciséis años.
Sí, la perspectiva de alguien sin experiencia. Alguien que fuese inocente y espabilado a la vez. Inteligente y romántico. Alguien que aún tuviese una mirada hacia el mundo de los afectos no contaminada por el cinismo. No estropeada por la ironía. A través de él, de sus ojos de adolescente, yo podía describir todo ese universo de una manera pura. El descubrimiento de Zinaida Zasékina. La impresión que ésta causa en su vecino. La idealización de la mujer que se produce más tarde en el sueño y en la vigilia del joven Volodia. El alboroto que tiene lugar en su corazón.
Y lo importante era que él, debido a su candidez, no viese lo principal, lo que está ocurriendo más allá de las escenas narradas.
Claro. Todo aquello que sospecha el lector y que por eso no necesita ser contado. La relación apasionada entre Zinaida y el padre de Vladímir. Ésta va sugiriéndose por medio de los juegos y adivinanzas de la chica, de los diálogos con sus invitados, de ciertos avatares del argumento, de los gestos cariñosos que aquélla tiene con el hijo del hombre al que ama.
Lo más curioso, algo que sigue sorprendiéndome incluso a mí, que soy el autor, es cómo reacciona Volodia cuando se entera. A diferencia de otras novelas parecidas a la mía, donde hay rabia y un deseo de venganza en el personaje cuyo amor no se ve correspondido, aquí los sentimientos de éste son positivos. La figura del padre amante crece a ojos del chaval. Es ensalzada a partir de entonces. De modo que, si antes Volodia le quería y le respetaba, ahora también le admira.
Creo que el misterio del amor es aún mayor para él desde el instante en que conoce la historia completa. Sobre todo con la escena de la fusta. Es decir, para el joven Petróvich lo que ha sucedido adquiere mayor grandeza en el momento en que deja de ser él el protagonista. En el momento en que ve actuar a los demás. A la pareja en cuestión. Y es que a menudo estas pasiones se disfrutan en mayor medida cuando se contemplan, cuando son los otros quienes las viven para nosotros, delante de nosotros.
Me gustaría destacar su lenguaje. Usted emplea expresiones sencillas y delicadas a la hora de describir lo que sienten unos y otros, antes y después de los acontecimientos.
Se trataba de usar las palabras suficientes para que el lector entendiese los continuos sobresaltos de Vladímir. Para que hubiese una transición natural entre los estadios emocionales por los que va pasando. En definitiva, que su transformación en hombre a través de lo que va aprendiendo sobre el amor fuera un proceso verosímil.
Continuaría hablando de este libro durante horas, pero no es posible. Ahora, desde las estribaciones del río, llega un aire helado que no nos permite conversar. Después de felicitar al señor Turguéniev por su obra, me despido de él con un último comentario. Le digo que me parece muy brillante la escena del final, ésa en la que Vladímir Petróvich asiste al fallecimiento de una anciana en su casa. Cómo describe su muerte, el modo de resistirse y de entregarse a ella al mismo tiempo.