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El poder y la gloria, Graham Greene

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El poder y la gloria, Graham Greene

Actualizada 18/05/2018 a las 09:41
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Me he citado con el escritor inglés en el puerto de Veracruz. Fue en esta región de México, en los estados del centro del país, donde ambientó la novela de la que vamos a hablar. Después de dar un paseo por los muelles, nos hemos sentado en un café con vistas al Golfo.

 

 

Para mí fue una manera de tratar el asunto de la religión. De volcar en un libro mi propio debate interno sobre la fe. Sobre el culto católico. Sobre el papel de la Iglesia. En aquella época, el pueblo mexicano todavía vivía las secuelas de la Cristiada, de la guerra que había enfrentado al gobierno federal con los cristeros. El conflicto no se había cerrado del todo y en muchos lugares los miembros del clero seguían siendo un colectivo bajo sospecha. Seguían siendo el enemigo a ojos de la autoridad. En esas coordenadas situé la historia.

Al lector actual le cuesta entender el problema de fondo. No acaba de verlo. No le resulta creíble ese desarrollo dramático por el cual se persigue al protagonista, a ese sacerdote acusado de traición.

Ocurre a menudo con las novelas. Sucede que, con el paso del tiempo, el contexto en el que tienen lugar se difumina hasta el punto de volverse irreconocible. Lo que en su día fue motivo de división o de escándalo en un sitio concreto desaparece de la esfera de los hombres o se convierte en algo trivial. Las cosas cambian de tal modo que la ficción contada a partir de esa base histórica se resiente. El escenario conflictivo en el que descansa la trama se desmorona por falta de verosimilitud.

En cualquier caso, yo utilicé todas esas referencias como un pretexto para plantear temas de mayor alcance. No sólo obsesiones personales relacionadas con mi confesión católica, sino cuestiones como el destino de los individuos acorralados por un dilema moral. Mi intención era escapar de la coyuntura y universalizar el relato en la medida de lo posible.

Más allá del inconveniente que supone un argumento difícil de sostener, usted logra una atmósfera especial en el libro. Un ambiente creado a base de calor, subdesarrollo, indolencia y brutalidad en las relaciones humanas.

Y la huida de mi personaje, su existencia errática, me permite trazar una especie de recorrido por ese panorama. Porque el encontronazo con alguien perseguido puede ser el detonante de muchas actitudes, da pie a distintos comportamientos entre la gente. Unos reaccionan con curiosidad, otros con impulsos generosos. En unos se despierta la avaricia y en otros una compasión que no conocían en sí mismos, que no creían ser capaces de albergar.

Me interesaba el origen de todas esas respuestas. Si a la hora de perfilar una figura literaria es importante dotarla de un pasado, sugerir las experiencias que vivió antes sin necesidad de contarlas en la novela, esos sucesos son también esenciales como causa de su manera de ser. Del modo en que decide enfrentarse a la novedad. Son el motivo de que opte por la caridad en lugar de por alguna clase de venganza. En definitiva, una persona que se siente culpable por algo que hizo en cierta ocasión no actuará igual que quien aún se considera infalible.

Otra de las cosas que usted consigue son las reflexiones brillantes del protagonista.

Producto de su sensibilidad. Pero entendiendo ésta no como un rasgo del carácter, sino como consecuencia de su situación. Su condición de fugitivo, los errores cometidos y la proximidad de la muerte hacen que el sacerdote vea con nitidez la vida del prójimo. El propósito detrás de sus palabras. Sus afanes y sus esperanzas. La desnudez de su alma. Es ahora, en un momento en que ya no hay lugar ni ocasión en los que pueda ejercer su oficio, cuando él se siente por fin capacitado para aliviar el dolor espiritual de los demás.

Anochece en Veracruz. En unos minutos zarpará mi barco, así que no nos queda mucho tiempo de conversación. Sabiendo que al señor Greene le gustaba buscar escenarios nuevos para sus novelas, le pregunto dónde habría situado la siguiente en caso de haber vivido unos años más.

Habría regresado mentalmente a Inglaterra, a principios del siglo XX, y habría escrito la historia de amor entre un ministro conservador y una sufragista de Manchester.

 

 

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