Y eso fue lo que pasó, Natalia Ginzburg

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Ignacio Lloret

Publicado el 13/04/2018 a las 09:40

Me he desplazado hasta Turín para conversar con la escritora italiana. Ella no nació ni murió aquí, pero fue en esta ciudad donde se dio a conocer como tal. Ahora, paseando a su lado por la ribera del Po, le animo a que me hable de esta novela.

 

Quería contar una historia de desamor. Empezar por el final de la misma, por su desenlace trágico, y construir una trama capaz de justificarlo. Quería que la protagonista, sin disculparse en ningún momento, expusiera los hechos de manera que después el lector los aceptase o condenase según su grado de convicción, según el nivel de persuasión alcanzado por el autor. Pero no me refiero a un veredicto moral, sino literario. Se trataba de que decidiese si el desgaste sentimental del personaje estaba a la altura del crimen cometido por él.

En ese sentido, su novela es verosímil. Usted recorre los episodios necesarios para que sea así. No hay violencia gratuita. El armazón dramático es suficientemente sólido como para respaldar esa escena con la que arranca y termina.

Y la ventaja de despacharla al principio era que entonces yo podía centrarme en lo importante. En la evolución emocional de la narradora. En los distintos estadios de su relación con Alberto. En su paso accidentado por el amor. En la descripción analítica que ella misma hace de lo que va experimentando mientras tanto.

Dicho de otro modo, me interesaba su versión del asunto. Todo lo que ocurre en el libro se ve desde la mirada de esa primera persona, y eso hace que los acontecimientos sean mucho más creíbles. Porque la protagonista describe la desesperación que va creciendo en su interior, la obsesión que siente por conocer la otra vida de Alberto, por saber si le es infiel, y, gracias al seguimiento tan detallado de su angustia, el desenlace acaba siendo algo natural.

Al margen de la eficacia de esa voz a la hora de contar, también es cierto que usted se encontraba cómoda con ella, no es así?

Hasta el punto de que me resultaba difícil escribir de otro modo. Se había convertido casi en un vicio estilístico. Sin embargo, visto con la perspectiva del tiempo, creo que hice bien en perseverar en esa forma personal. Si pienso en los libros que vinieron más tarde, me doy cuenta de que su valor, en caso de que lo tengan, reside precisamente en la autenticidad del tono. En esa especie de registro confidencial. En la honestidad que se aprecia más allá de las palabras. El lector detecta una implicación singular por mi parte, la necesidad del autor de compartir una serie de experiencias, y poco a poco se hace un adicto de su propia sensación.

Volviendo a esta novela, podría hablarse de un segundo relato, de una segunda historia de amor contada de manera implícita. Me refiero a la relación adúltera entre Giovanna y Alberto.

De la que, además, la protagonista es espectadora. Alguien que la vive indirecta pero intensamente. A ratos parece incluso que la disfruta. En la soledad en que la deja su marido, ella imagina las escenas entre los amantes, los diálogos y las muestras de afecto, y se diría que participa a distancia de todo eso. Quizá porque el amor sólo prospera cuando es un intermedio de la vida, cuando es algo fragmentario interrumpido una y otra vez por ésta, la narradora idealiza las relaciones de otros. Del vínculo entre Giovanna y Alberto a ella sólo le llega lo pasional, lo positivo, lo puro, y entonces lo admira como aquello que hubiese deseado para sí misma.

Se ha disipado la niebla a orillas del Po. Esta mañana de enero, el sol es un resplandor amarillo que no consigue iluminar del todo las calles de Turín. Antes de despedirme de la señora Ginzburg en un cruce de avenidas, le pregunto con qué sentimiento se habría quedado si sólo hubiese podido elegir uno.

Habría inventado algo diferente. Una mezcla de calma y excitación. De fragilidad y fortaleza. De ternura y frialdad. De añoranza y desapego. Una nueva forma de querer. Una energía que se desactivara cada vez que perdiésemos de vista a la persona amada.

 

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