Adiós a casi todo, Salvador Pániker

Publicado el 01/09/2017 a las 09:48
Estoy con el filósofo catalán en el patio del Monasterio de Pedralbes, en los alrededores de su casa. Es una mañana de octubre, uno de esos días limpios que suele haber en otoño en Barcelona. El señor Pániker necesita andar un poco para que su cuerpo no ceda a la artrosis, así que nuestra conversación va a ser peripatética como la de los discípulos de Aristóteles.
Espero no haberme puesto demasiado pesado con el asunto de mis molestias, de mis pequeñas enfermedades. Me refiero al contenido del libro. Cuando empecé a seleccionar los textos de este volumen, me di cuenta de que hablaba mucho del tema. Al principio pensé en omitir algunos comentarios, pero luego me dije que eso habría supuesto falsear la realidad. Mi vida de entonces. Me dije que no debía hacer trampas, que debía seguir siendo honesto con el lector.
Sí, el deterioro físico está muy presente en esta nueva entrega de sus diarios. Y también la muerte. Lo curioso es que usted se propone no pensar en ella, pero no consigue evitarlo.
Quizá porque en ese periodo de cinco años falleció gente muy cercana a mí. Mi hermano Raimundo, el doctor Nogués, compañeros del colegio, de la universidad, amigos de distintas épocas. Es posible que en un momento dado, al comprobar que no era capaz de escapar del asunto, decidiese escribir sobre él de una manera abierta. De lo que me preocupaba y de lo que temía. De la mejor forma de afrontarlo. De los ejemplos que valía la pena considerar. De la actitud que habían adoptado otros antes que yo. Es verdad que todo eso se convirtió casi en una obsesión y, sin embargo, creo que hice bien en ir haciendo de mi muerte una especie de último proyecto.
Es inevitable la comparación con entregas anteriores de su dietario. En ese sentido, aquí se aprecia una retirada progresiva por su parte del universo femenino. Usted mismo menciona la pérdida de la libido como uno de los fenómenos de la edad.
Es cierto que fue desapareciendo el seductor, el amante de las mujeres. El interés y la curiosidad hacia ellas, hacia su cuerpo y su capacidad de atracción, disminuyeron drásticamente. No obstante, puede que gracias a ello brotara en mí un cariño más sincero hacia quienes fueron mis compañeras durante los últimos años. Es decir, una vez desactivado el elemento sexual, lo que quedaba en mi caso era un sentimiento más estable, menos volátil, y así traté de reflejarlo en el libro.
Otra de las constataciones que permite el hecho de haber leído toda su serie autobiográfica es el paso vertiginoso del tiempo. Cómo los años recogidos por usted en este cuaderno transcurren a una velocidad distinta a pesar de durar lo mismo que los anteriores.
Yo fui el primer sorprendido. El primer afectado. Por eso hablo en varios pasajes de mi estupor. Del asombro inevitable ante algo de lo que ya estaba avisado. Por eso menciono y envidio a Einstein, a quien el conocimiento profundo de la física y el descubrimiento de la unidad espacio-tiempo, de la circularidad de éste, debieron de aliviar en la etapa final de su vida. Por eso intento indagar en la paradoja de que, volviéndose las horas mucho más lentas a causa del malestar y de la ausencia de placer, los días pasen más deprisa que nunca.
Me gustaría terminar esta entrevista con un atisbo de esperanza. No en relación con lo que hemos comentado hasta ahora, pues ahí no hay consuelo posible. Sí, en cambio, en lo que se refiere a la escritura. Leyéndole a usted, uno llega a la conclusión de que el acto de escribir no nos salva, pero nos acompaña. Es un amigo fiel que nos coge la mano precisamente cuando ésta empieza a temblar.
Me alegro de que sea así. Me alegro de que de mis libros se extraiga esa enseñanza. Quizá porque siempre creí en la posibilidad de que uno se redima escribiendo, encargué a mis hijos que fuesen publicando nuevas entregas de mis diarios, material inédito, cuando yo ya no estuviese. Para seguir vivo de algún modo. Para no marcharme del todo. Para tener la ilusión de ser inmortal. Para soportar mejor la eternidad.