Del paraíso al infierno

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Fran Pérez

Publicado el 19/04/2014 a las 18:19

Mal. Muy mal. No se puede hacer peor. Sin paños calientes ni medidas paliativas. El punto contra el Valencia, tras haberte puesto por delante en el marcador gracias al tanto de Ori-Gol Riera, es de una cagada sin límites y negativo para los intereses de quedarte un año más en Primera División. De estar con 37 puntos a falta de cuatro jornadas, dos de ellas en casa, a quedarte con 35 y a rezar para que los rivales de Betis, Almería, Getafe y compañía se esfuercen en hacer el trabajo que tu equipo no ha hecho. Por qué? Podría decir que ha sido porque son tontos, pero no quiero devaluar el significado del calificativo...

 

Bailecito de Vezo y Cejudo, equilibristas en el espectáculo del Sadar. EFE

 

El Valencia llegaba a Pamplona con la mente más puesta en la semifinal de la Europa League (o Liga Europa, españolizando el palabro) que en otra cosa, con la intención de no sufrir mucho ni dejarse los cuernos. Ocupando una plácida posición en la tabla clasificatoria que no le compromete con el descenso ni les permite, casi, abrazar la séptima plaza que da derecho a competición internacional el próximo año. Vamos, con un contigo y sin ti que no le apabullaba precisamente.

Enfrente Osasuna. Nuestro Osasuna. Bueno, lo que queda de él, visto lo visto. Porque el tropiezo en casa la jornada anterior, empatando con el Valladolid, obligaba casi a ganar a los ché para dejar media permanencia servida. Sí o sí, sin tapujos. Sí o sí, la necesidad, que es muy mala. Había que ganar o ganar. Y para ello Gracia sacaba a los que mejor están, apurando la dupla Silva-Yayá Loé en el centro del campo y confiando en Miguel Flaño atrás. Armenteros, al banquillo por De las Cuevas y el resto, casi los de siempre.

Y empezó el partido. Algo raro se veía cuando los de rojo no salían con el cuchillo entre los dientes y se dedicaban a hacer el fútbol especulativo que tan poco gusta en El Sadar. Nada queda del aquél equipo que saltó a comerse al Atlético de Madrid y que para el cuarto de hora tenía despachado a todo un semifinalista de Champiñons. Pero claro, enfrente estaba el Valencia, no el Atlético, ni el Real Madrid ni el FC Barcelona. Era el Valencia. Había tiempo. Y ganas?

Parecía que sí había ganas, con el gol a los 19 minutos de Oriol Riera. Zapatazo de Torres, muy entonado esta tarde, mal despeje de Guaita y Ori-Gol Riera, atento y con olfato, la remacha a placer. 12 chicharricos. La docenica y con margen para igualar, e incluso superar, a la leyenda Iván Rosado. Alegría en la grada, partido controlado, los de Pizzi mansos y encima, sol en el cielo. La gente se viene arriba y el equipo, pese a no estar haciendo un fútbol de los de echar cohetes al cielo pamplonés, respondiendo.

Tras la primera parte con mucho nervio en las piernas rojillas y poca puntería en el último pase de los visitantes, los 22 actores regresaron al verde dispuestos a seguir contentando al respetable. Tan buenas eran las vibraciones que en una cabalgada de Bertrán por la derecha, el pase raso le llegó a Torres en el área rival. Recorte y derechazo con rosquita, ajustado. PALO. ¡Un paaaaalooo! Pues eso, cuero al poste y que se va fuera, porque somos de Osasuna y la suerte no visita estos lares.

A partir de ahí, Sanfermines. Y me refiero al encierro total. El equipo, quién sabe por qué, dio cuatro pasos para atrás y el técnico ayudó, mucho, a conceder vida al moribundo Valencia. Fuera Cejudo y dentro Oier. La victoria es importantísima, así que vamos a nadar y a guardar la ropa. Pero la mejor forma de no sufrir es teniendo el balón en tu poder, así que el amigo Gracia la palmó con las pretensiones de cerrar y encomendarse a los santos.

Los de Pizzi, viendo que los rojillos ponían la alfombra roja, no desaprovecharon la ocasión de jugar con la ansiedad osasunista. Poco a poco, como la gota china, fueron hollando (sin f, no os confundáis) el entramado local y acercándose más y más a las inmediaciones de un casi inédito Andrés Fernández. La puntilla, la gota que colmó el vaso o el aspecto, que diría el mocete de Cieza, que decantó el desenlace de la historia vino con la entrada en el campo de Jonás. En plena Semana Santa. Si es que...

El de la ballena, que nos mojó bien mojada la oreja en Mestalla, se aprovechó de la enésima caraja de la defensa rojilla para marcar. En una de esas muchas contras de las que dispusieron los del muerciélago, con la ayuda de Arribas y a falta de nueve minutos para el final, nos empató. Dijo con ayuda de Alejandro porque lo que hace el central es de infantiles, ni siquiera de juveniles. Mirar a tu espalda cuando el ataque te viene de frente, perdiendo de vista el esférico, no lo hacen ni los chavales que están jugando en el patio de un colegio.

Mirar o no mirar. Esa décima de segundo perdida posibilitó que Jonás recibiera, orientara y chutara. Claro, como Arribas no andaba listo, llegó tarde a cubrir con la suerte de que la tocó, lo suficiente, para hacer imposible la estirada de Andrés. 1-1. Nueve minutos más añadido para el final. Vía Crucis rojillo que se torna sangriento este año con el bíblico Jonás en el punto de mira. Y en el horizonte, el Cuernabéu. Quién da más? Equilibristas, magos, payasos y leones, esto sí que es un circo...

En fin, que una vez acabado el encuentro no vale la pena rasgarse túnicas por mucha festividad religiosa que tengamos en el cuerpo. Hay que pensar en el próximo partido ya, trabajarlo para lograr la meta. Me refiero al del Celta, claro, porque del Bernabéu van a sacar estos una duchita caliente y la pertinente visita por la capital, que estos días primaverales anda bonita y con la Esperanza corriendo con el coche. Todo lo que no sea perder será una sorpresa. Eso lo tengo claro. Los que no parecen tenerlo tan claro son los de corto, la chavalería. Sabrán que quedan cuatro partidos y nos hacen falta dos victorias? Del paraíso al infierno en un partido aunque, según vengan dadas, igual terminamos la jornada en el purgatorio...

¡Hasta la muerte, Forofillo hasta la muerte!

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