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Meteorología

¿Este invierno es culpa nuestra?

Los expertos coinciden en desvincular los efectos del calentamiento global de los eventos meteorológicos extremos con que se despidió 2022. “No todo es cambio climático”

Ampliar En la izquierda, un grupo de personas disfruta en la playa de Barcelona el 25 de diciembre. En la derecha, en Iowa, Estados Unidos, una persona intenta caminar en la nieve
En la izquierda, un grupo de personas disfruta en la playa de Barcelona el 25 de diciembre. En la derecha, en Iowa, Estados Unidos, una persona intenta caminar en la nieveGenerico Web
Publicado el 09/01/2023 a las 06:00
La Navidad ha desplegado este año un escenario que no deja indiferente a nadie. La tormenta ‘Elliot’ ha sacudido el centro y la costa este de Estados Unidos con temperaturas que alcanzaron los -48º, miles de vuelos cancelados y estimaciones de 60 muertos. La ola de aire polar - “tan intensa que sólo se vive una vez por generación”, repetían allí los informativos como un mantra- ha puesto en aprietos a 200 millones de personas, el 60% de la población, encerradas en sus casas, aisladas, muchas con problemas de suministro eléctrico; amplias zonas urbanas sepultadas por la nieve y los coches chocando en cadena en autopistas con visibilidad nula. La primera economía mundial maniatada por el embate de los elementos.
Al mismo tiempo, a 6.400 kilómetros de Búfalo, convertido por unos días en epítome del caos, las playas de Barcelona o San Sebastián se llenaban de gente, Varsovia inauguraba 2023 con 19º y los termómetros en Francia escalaban ocho grados por encima de lo que viene siendo habitual. Hasta Moscú, que por estas fechas debía estar a bajo cero, marcaba esta semana 6º. Como si la primavera se hubiera adelantado. Escenarios meteorológicos opuestos y separados entre sí por un océano, pero que coinciden en hemisferio y, en consecuencia, en estación del año.
‘Elliot’ ha traído de inmediato a la mente el cambio climático, hijo del calentamiento global y nieto del efecto invernadero, que tiene su origen en la mano del hombre y cuya inercia escapa ya de su control. Pero la comunidad científica no comparte ese diagnóstico, con independencia de que el aumento de las temperaturas haga a la larga más frecuentes y severos los eventos extremos. Ellos miran al norte, donde los frentes cálidos y fríos entablan feroz batalla, condicionando así las vidas de quienes habitamos debajo.
“Los expertos todavía no han establecido un vínculo entre el cambio climático y episodios como el registrado en EE UU o con que estos sean más intensos”, dice Rubén del Campo, de la Agencia Española de Meteorología (Aemet). Sí hay consenso, dice, sobre que estas olas de frío “serán cada vez menos frecuentes” y que cuando lleguen se moverán en unos niveles más suaves. “Esto, lógicamente, no impedirá que haya episodios que escapen a la norma: lo hemos visto ahora en EE UU; o en 2021 con ‘Filomena’, con temperaturas que alcanzaron en Teruel los -25º, un registro que no se veía por estos pagos desde hacía 40 años”.
Entre las derivadas del calentamiento global está la mayor evaporación de masas de agua, en particular de los polos, que en amplias regiones de Siberia y el norte de Canadá lleva años traduciéndose en mayores precipitaciones en forma de nieve desde los primeros meses del otoño. Pero tampoco en este caso los científicos creen probada su relación con la última ola de frío, entre otras cosas porque la evaporación no depende sólo del agua existente en superficie, sino sobre todo de la que demanda la atmósfera, muy alta en verano, pero escasísima en invierno. ¿Qué hay entonces detrás de lo ocurrido?
La atmósfera es un fluido que se mueve constantemente y donde hay masas de aire frío, masas de aire caliente y frentes que separan a unas de otras, y en función de cómo se ondulan esos frentes amplias regiones quedan bajo el influjo de unas o de otras. Es el ‘jet stream’ o corriente de chorro, una autopista de aire entre los 7.000 y los 16.000 metros que se desplaza de este a oeste y donde confluyen corrientes cálidas que ascienden desde el sur (dorsal) con el frío que desciende del Polo (vaguada). Si las ondas son leves, el tiempo se mantiene estable, pero si son acusadas habrá anomalías. Eso sí, en ambos escenarios la temperatura de partida será cada vez más alta porque la atmósfera está más caliente.
Sergio Vicente Serrano es investigador del CSIC y colabora con el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC). Cuando hablamos con él se encuentra en Benidorm, donde la gente pasea por la playa, se tumba en la arena bendecida por el sol y hasta se anima a darse un baño. Él no parece sorprendido por el curso de los acontecimientos, que atribuye a unas condiciones a las que, recuerda, no es ajena esta estación del año. “Tenemos muy poca memoria meteorológica. Por supuesto que la subida generalizada de los termómetros que se está produciendo en el planeta es fruto de la intervención del hombre, y que ahora tengamos unas temperaturas más suaves de lo habitual, también. Pero que haya nevadas y precipitaciones extremas o temperaturas más suaves entra dentro de lo esperable en invierno por la propia dinámica atmosférica, y esa variabilidad es la que predomina. No todo es cambio climático”, dice.
La situación vivida en Estados Unidos, abunda Vicente Serrano, no admite comparación con Europa. “Allí hablamos de una zona muy continental, de fachada este, donde habitualmente hace mucho frío por estas fechas; mientras que Europa recibe calor desde los trópicos vía corriente oceánica en su fachada orientada al oeste”. Las cartas con que juega cada uno son distintas, como demuestran los veranos achicharrantes en 2022 España o Reino Unido. “Pero, insisto, eso no nos libra de que dentro de dos semanas seamos nosotros los que tengamos unas condiciones muy frías, más en línea con lo que se espera de la estación, y a nadie se le ocurriría pensar por ello que hemos acabado con el cambio climático”.
“La circulación atmosférica en escalas temporales rápidas (días) es básicamente turbulenta. Siempre va a haber eventos raros”, explica Jon Sáenz, físico y meteorólogo de la Universidad del País Vasco. “El problema es que esos episodios se nos acumulan y lo hacen siempre en la misma dirección. Vamos hacia un clima más cálido, es un hecho. Claro que hay zonas donde ha hecho mucho frío y otras donde no, pero esto es consecuencia de que la corriente de chorro se ha curvado y a un lado, la vaguada, ha tocado frío (Estados Unidos), y al otro, en la dorsal de esa curva, donde estamos nosotros, calor. Y eso es así porque en el primer caso el aire polar ha sido transportado al sur, mientras que en Europa es el aire del sur, más caliente, el que ha subido al norte”.
INCÓGNITA ABIERTA
A juicio de Sáenz, la pregunta que deberíamos hacernos es por qué se ha curvado tanto la corriente de chorro. “No existe por ahora una evidencia clara, aunque sí teorías. Una menor gradiente meridional -la diferencia de temperatura entre el ecuador y los polos- implica un ‘jet’ más débil y que se curve más, la asimetría entre el calentamiento de la superficie terrestre y el mar...”. Las incógnitas, afirma el físico, siguen abiertas. “No se puede asegurar la causa última de lo que pasa porque no conocemos todos los detalles, pero esto no significa que no pase nada”. Llevamos mucho tiempo presenciando cosas que no son normales: altas temperaturas, sequías... La Universidad de Basilea advertía de que el calentamiento global amenaza la práctica del esquí en Suiza. No es para menos. Si allí están ahora a 20º, ¿qué nos espera en verano?
“Es la panoplia que lleva años repitiendo el IPCC y que nadie se toma en serio -afirma Sáenz-, gestando un escenario insostenible pero hacia el que nos dirigimos si no hacemos nada. La probabilidad de que lo que sucede se deba al azar en un clima sin efecto invernadero intensificado por el hombre es a mi juicio nula”.
En España, ese calentamiento global se está notando a marchas forzadas y el pasado año ha sido paradigmático en ese sentido. “Los primeros registros de temperaturas se remontan a 1951. En un clima estable, sin efecto invernadero, sería normal que cinco días al año marcaran récord de temperaturas máximas y otros tantos de mínimas”. Pero la realidad dista mucho de esos cálculos. “Hasta en 35 ocasiones se marcaron récords de temperaturas máximas y sólo dos lo han hecho de mínimas ”, detalla Del Campo. En un caso se ha multiplicado por 7 lo esperado y en el otro se ha reducido a menos de la mitad.
Tampoco las precipitaciones han salido bien paradas, aunque no basta haber marcado un 15% menos para definir el año más seco (lo fue 2005, seguido de 2012 y 2017). A las lluvias por debajo de la media se ha sumado un año extraordinariamente cálido, “lo que sí está asociado al cambio climático”, apunta Vicente Serrano. Se han superado por primera vez los 15º de media, lo que ha disparado el estrés hídrico de la vegetación, aumentado la evaporación de los embalses y elevado la demanda de agua de los regadíos. “En ese escenario, el agua disponible se reduce y no sólo por falta de lluvias”.
“Que los últimos 8 años hayan sido los más cálidos desde que se tienen registros, no es casualidad -desliza el investigador del CSIC-. ¿Tenemos un cambio climático? Sí. ¿Es preocupante? Mucho. ¿Tenemos que hacer algo? Por supuesto, porque esos eventos serán más frecuentes y de mayor severidad. Pero no podemos concluir que cada vez que hay un evento meteorológico extremo es por este motivo. Y decir esto no es de negacionistas”.
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