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Atentados en Cataluña

El volcán islamista de El Raval

El barrio muestra la cara marginal de los 500.000 musulmanes y 80 mezquitas salafistas de Cataluña

Dos policías acompañan a una pareja musulmana por Las Ramblas tras el atentado.

Dos policías acompañan a una pareja musulmana por Las Ramblas tras el atentado.

AGENCIAS
19/08/2017 a las 06:00
  • COLPISA. BARCELONA

En Cataluña viven 500.000 de los cerca de dos millones de musulmanes que residen en España. Es decir, uno de cada cuatro. Un porcentaje que se encuentra muy por encima respecto al peso demográfico general de esta comunidad autónoma (16%) en el conjunto del país. La influencia de este colectivo también se aprecia en el importante número de mezquitas que se reparten por la geografía catalana -un total de 354- y en los 48.000 niños de padres musulmanes que están escolarizados, según los datos de la Unión de Comunidades Islámicas de Cataluña.


Para muchos sociólogos y especialistas en yihadismo, estos simples datos -unidos a que prácticamente el 40% de los condenados por actividades vinculadas al terrorismo islámico residían en esta comunidad- señalaban ya a Cataluña como el territorio que más probabilidades tenía de que se produjeran casos de radicalización. Probabilidades a las que se suma el hecho de que en este territorio están ubicadas 80 de las 200 mezquitas salafistas que hay identificadas en España. En otras palabras, centros de culto en los que se defiende una interpretación radical del islam y el regreso a los modos de vida de la época de Mahoma: una corriente que no hace más que crecer en los últimos años. "No cabe duda de que Cataluña es, junto a Madrid, Ceuta y Melilla, una de las zonas 'más calientes' por el número de mezquitas salafistas y por la propia demografía. Pero también sabíamos que Barcelona era un objetivo apetecible para los terroristas", reconoce Valentín Anadón, portavoz del sindicato Fepol, que representa al 80% de los Mossos d'Esquadra.


Los peores vaticinios se cumplieron el jueves, con los atentados de Barcelona y Cambrils que han provocado catorce muertos y un centenar de heridos. Como era de esperar, las miradas se han dirigido hacia esta comunidad. Y, en concreto, a las zonas urbanas en las que se concentran sus colectivos. El criminólogo David Garrigas, presidente de la Comunidad de Inteligencia y Seguridad Global (CISEG), habla abiertamente de "guetos, por mucho que las instituciones se nieguen a reconocerlo". Y señala diferentes puntos de la localidad de Salt, en Gerona, algunos de Tarragona y, sobre todo, el barrio de El Raval, en el corazón de Barcelona.


El Raval es un barrio multicultural en el que residen 48.000 personas. La mitad de ellas son extranjeras y un importante porcentaje son creyentes musulmanes, según datos de la asociación solidaria Braval. Sólo en esta zona hay por lo menos seis mezquitas. Las más antigua de ellas, con más de 40 años de historia en Barcelona, se ubica en la calle San Rafael. Se llama Tariq Bin Ziyad. Las fuerzas de seguridad consideran que se trata de uno de los centros de culto en los que se recurre a imanes que defienden un discurso radical. Sus responsables no quieren saber nada de periodistas. Pero Nabil Zahi, un argelino de 43 años que acaba de salir de rezar, tiene ganas de hablar. Está muy enfadado. "Yo estuve en las Ramblas ayudando a los heridos. Las víctimas podríamos haber sido yo, mi mujer y mis cuatro hijos. El islam no dice nada de asesinar. ¿Que en esta mezquita somos radicales? Aquí han entrado tres veces y no han encontrado nada. Nos tienen absolutamente controlados. Saben quiénes somos, dónde trabajamos y hasta lo que comemos", protesta. "Si aquí detectasen algún yihadista lo matarían dentro", interrumpe.

 

OMAR, UN JORDANO DE 51 AÑOS


"No se adaptan" Expertos policiales consideran el salafismo como el paso previo o como una especie de justificación ideológica de la violencia. Pero lo cierto es que ninguno de los últimos detenidos por las fuerzas de seguridad se había radicalizado directamente en un centro de estas características.


Rachid el Younoussi, secretario de la asociación Darna, considera que el fondo del problema de la radicalización islamista tiene una importante vertiente social. "Son víctimas sociales con ganas de venganza", detalla. "Inmigrantes de primera o segunda generación que se han visto marginados, con problemas económicos o familiares, y que se ven atrapados en guetos", insiste. David Garrigas comparte este análisis. "Estamos viendo muchos casos de jóvenes con pocos recursos, que no tenían una arraigada creencia religiosa antes de radicalizarse. Chicos que han visto en estos atentados una forma de conseguir el protagonismo que no tienen en sus vidas", advierte. Un perfil de aislamiento y exclusión social en el que, salvando las distancias, podrían entrar Maddin, una madre de 25 años que llegó hace dos años a España huyendo de la guerra Siria y que hoy pide limosna en la puerta de la mezquita junto a sus dos hijos, Hassan, de 10 años, y Hala, de 1. Sólo Hassan sabe escribir unas pocas palabras. Ninguno habla bien español. Y no saben nada de ningún atentado Felipe Chenoll, español de origen peruano, comparte que El Raval se está convirtiendo cada vez más en un círculo del que es difícil escapar para muchos residentes. Él se instaló aquí hace nueve años con su familia en un piso de protección oficial con la "promesa" institucional de que se el barrio mejoraría. Asegura que desde entonces sólo ha ido a peor. Los robos, las drogas, la prostitución y las peleas son -según dice- el pan de cada día. Y hoy forma parte de la asociación de vecinos del Robador que busca reactivar la zona. "Los musulmanes no se adaptan", afirma. En el balcón de su casa cuelga un cartel: 'Por un barrio digno'.


Moiz Ayub, de 20 años, y su hermano Hanan, de 17, tienen una edad similar a la de algunos de los terroristas que el jueves atacaron las Ramblas de Barcelona. Regentan una pastelería familiar especializada en productos árabes. Reconocen que en El Raval muchas personas de determinadas nacionalidades sólo se relacionan entre ellos, pero insisten en el peligro de generalizar. "Eso sólo conduce al racismo", afirman.


Mohamed Ghaidoune es el presidente de la Unión de Comunidades Islámicas de Cataluña. Siente una "tristeza doble" respecto a los atentados cometidos en la ciudad condal y Cambrils por un grupo de "bárbaros". Tanto desde sus sentimientos como ciudadano catalán como por el hecho de que se hayan perpetrado en nombre de su religión. En este sentido, Ghaidoune llama a la reflexión sobre los "fallos" en el sistema educativo. "¿Cómo es posible que jóvenes que apenas hablan la lengua de sus padres se acaben echando en brazos del yihadismo?", se pregunta, enfadado. Y reclama que el islam pueda impartirse en las escuelas públicas para que esa labor no recaiga en las mezquitas.


Javed Ilyas, presidente de la asociación de trabajadores pakistaníes de Cataluña, reclama autocrítica. "Muchos no entienden que vivimos en un país laico. La religión es un asunto personal. Pero lo que no puede ser es que los imanes no sepan hablar español porque eso favorece la exclusión", sentencia, al tiempo que advierte de la financiación que reciben las mezquitas desde Arabia Saudí. "En el último ramadán vinieron a dar sermones a Barcelona tres imanes desde este país. ¿Qué predican? ¿Qué están enseñando a los niños?", añade Rachid el Younoussi.

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