Opinión

Y tras la caída de Kabul, ¿qué?

Deberíamos disipar de un plumazo la ingenua ensoñación de que un Afganistán "pacificado" por los talibanes puede ser preferible al conflicto continuo de la "reconstrucción"

Opinión sobre la ofensiva de los talibanes en Afganistán
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Opinión sobre la ofensiva de los talibanes en Afganistán
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Javier Iborra

Actualizado el 16/08/2021 a las 20:42

Oriente Medio regresa al pasado. Los talibanes avanzan en Afganistán, toman capitales provinciales y la caída de Kabul es ya prácticamente un hecho. En los últimos días han proliferado escritos y pláticas comparando la retirada de Estados Unidos de Vietnam del Sur en los años 70 del pasado siglo y la actual de Afganistán. Desde luego, no se puede negar que existen paralelismos, pero también se pueden encontrar concomitancias entre los talibanes de hoy y una olvidada rebelión de finales del siglo XIX: la de Muhammad Ahmad, el Mahdi, y sus adeptos en el tórrido Sudán. Y si mirando a Saigón solo se puede extraer la errónea conclusión de que nada se podía hacer, que nada se debía hacer y que la victoria de los talibanes es tan inevitable como que después del verano llegará el otoño, poniendo los ojos en el viejo Jartum podemos encontrar el ejemplo de un hombre que comprendió que al fanatismo hay que vencerlo cuando todavía no ha arraigado con fuerza, cuando todavía no tiene el poder embelesador de una cruzada, de una guerra santa bendecida por el triunfo.

Repasemos la historia. Entre 1884 y 1885, el general Charles G. Gordon, Gordon "el chino" primero, Gordon de Jartum después, convirtió la capital del Sudán en el centro del Universo a ojos de Occidente. El gobierno británico, reacio a perder tropas -y popularidad- en el confín del mundo, había intentado salvar la cara enviándole a él, algo parecido a un héroe de guerra, para que liderara la evacuación de los soldados egipcios del Jedive de El Cairo, quien a regañadientes era un protegido de los británicos. Pero Gordon conocía el paño. Había estado antes en Sudán, respaldado por el empeño del pueblo británico de acabar con la esclavitud que a tantos antepasados suyos había beneficiado. Y allí había removido un avispero ante el que palidece el del actual Afganistán: tribus con odios milenarios, un crisol de corrientes religiosas y una frágil estructura económica y social, dinamitada por las trabas al comercio de seres humanos impuestas por los extranjeros. De aquella sopa surgió el Mahdi, "el guía", una suerte de prototalibán.

El Mahdi necesitaba victorias para agrandar su prestigio y pronto logró una, muy resonante, al borrar del mapa a un ejército egipcio enviado contra sus tropas. Su siguiente paso debía ser tomar Jartum, parada obligada antes de alcanzar El Cairo, Costantinopla o Bagdad, donde pretendía castigar a los malos musulmanes. Si vencía en Jartum quizá muchos se le unirían desde el norte de África hasta el Indostán. Pero El Mahdi, como los talibanes hoy, debía lograr un triunfo que no fuera lo suficiente grande. Despertar a la bestia, al Imperio Británico, le condenaría a la ruina. Gordon lo entendió y se decidió a que Jartum fuera titular de los periódicos y no un pie de página. Para ello permaneció en la ciudad cuando podía haber huido de ella una y mil veces y cuando no había ninguna esperanza de que la guarnición pudiera resistir. La opinión pública británica se puso del lado de Gordon. Exigía su rescate y el gobierno de William Gladstone, en la metrópoli, se tambaleaba. El propio Mahdi sabía que atacar Jartum en esas condiciones era apuntarse una victoria que a la postre le engulliría. Finalmente, se vio obligado a atacar, ya que una retirada hubiera significado también su desprestigio y su ruina. Gordon, de alguna manera, había vencido y lo pagó con su vida. Los británicos, impactados por esta muerte "heroica", asumieron que la rebelión en el Sudán no podía ser ignorada y, aunque se tomaron su tiempo, acabaron regresando a esas tierras para acabar con la Mahdiya (estado mahdista).

Afganistán es una pesadilla geoestratégica. Ya lo era cuando en el siglo XIX le costó al Imperio Británico algunas de sus derrotas más pavorosas; los soviéticos también salieron escaldados de aquel territorio montaraz y en el siglo XXI les ha tocado el turno a los estadounidenses. Desde luego, el futuro inmediato de la población local debería ser la principal de nuestras preocupaciones, pero la ONU ni está ni se le espera. Y desde la comodidad de ver los toros a miles de kilómetros de distancia, nosotros podemos reconfortarnos con la ingenua ensoñación de que un Afganistán "pacificado" por los talibanes puede ser preferible al conflicto continuo de la "reconstrucción". Sin embargo, mejor haríamos en disipar esta idea de un plumazo, ya que si bien un estado extremista en sus ideales, fanático y decidido ha sido siempre, a lo largo de la historia, un peligro para sus vecinos, en el mundo globalizado de hoy es una amenaza de alcance ilimitado.

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