Durante el invierno, Shaman Alwawi, de 24 años, estudia bajo las mantas para protegerse del frío en casa. No tienen fuel suficiente para calentarse.
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Durante el invierno, Shaman Alwawi, de 24 años, estudia bajo las mantas para protegerse del frío en casa. No tienen fuel suficiente para calentarse.

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Siria: graduarse en tiempos de guerra

Shaman tenía 15 años cuando empezó la guerra en Siria. Los yihadistas entraron a su pueblo, quemaron los colegios y les prohibieron estudiar. El joven acaba de graduarse el primero de su promoción en la Facultad de Ingeniería Mecánica de Alepo

Iván Benítez

Publicado el 28/09/2020 a las 09:07

Mensaje desde Alepo al periodista de Diario de Navarra. Lo escribe Shaman, un joven de 24 años. “Querido amigo, tengo dos noticias que darte. Una buena y una mala. La buena es que me acabo de graduar en Ingeniería Mecánica con los mejores resultados de la promoción. La segunda, es que unos ladrones nos han entrado en casa y nos ha robado lo poco que teníamos, incluidos los móviles, el portátil que me regalaron los Maristas Azules y nuestros pocos ahorros. Estamos muy tristes porque la comida sigue encareciéndose por la guerra y las sanciones de Europa y Estados Unidos. Ya no sabemos qué comer. He ido a ver al hermano Georges Sabe y nos han ayudado para aguantar unos días. Pero aquí todo está muy mal para todos”. Al mensaje de whatsap que ha enviado esta misma semana, Shaman ha adjuntado una fotografía que le han hecho con el birrete de graduado.


La situación en Siria se complica cada día, incluso nueve años y medio después del inicio de la guerra. Las sanciones económicas impuestas por Europa y Estados Unidos lo han encarecido todo. Las restricciones afectan directamente a los alimentos, medicinas, electricidad y al gasoil que la población utiliza para desplazarse en coche o para cocinar y calentarse en casa. Y llega el invierno. Para conseguir 20 litros de combustible, sigue explicando, hay que esperar tres días y tres noches donde lo venden. Y a esto hay que añadir, aclara, el alto número de robos. “No puedes dormir por las noches, siempre inquieto, esperando a que alguien entre en casa. Y somos muy pobres. Amigo, siempre he sido optimista, pero ahora las cosas vienen muy mal ”.


Pues bien, en este contexto, ha conseguido licenciarse. Con frío, con hambre, con miedo. Lo ha conseguido. Su familia ha vivido y vive en un camino lleno de obstáculos. “Mi pelo empieza a blanquear por el estrés y el sufrimiento de mi pueblo”, escribe.


A Shaman, como a millones de jóvenes sirios, les sorprendió la guerra cuando eran apenas unos niños. Un conflicto que el propio Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, anunció como la peor tragedia del siglo XXI. Nadie esperaba algo así dentro de Siria.

 

Shaman, recién licenciado.

Le pilló el inicio de la guerra con 15 años. Vivía con sus padres y sus tres hermanos, en una aldea de montaña de la región de Alepo. “Mi vida era completamente diferente a la de ahora”, relata. “Éramos pobres pero felices. Llevábamos una vida tranquila y segura. Llevábamos una vida bonita. Estudiábamos en un colegio público. Era un chico activo y muy buen estudiante. Solía aprovechar las vacaciones de verano para trabajar de pastor para una persona que me pagaba tres dólares y medio al mes. Así ahorraba un poco de dinero para mis cuadernos y bolígrafos. A pesar de nuestra situación, reconozco que éramos felices. Nos dedicábamos a jugar con los amigos, a visitar a la familia en sus casas. Pero mi padre enfermó cuando empecé a estudiar grado medio. Le incapacitó para trabajar. Así que tuve que alternar los estudios con el campo. Trabajaba con un tractor y recogía plásticos en la calle. Mi madre limpiaba casas. Soñaba con ser médico para poder ayudar a la gente pobre sin recursos”.


Al entrar al instituto, con 15 años, los yihadistas de Daesh (Estado Islámico) y Al Nusra “invadieron” su pueblo. Cortaron la electricidad, el agua y cerraron los comercios. “Estaban por todos los lados. Habíamos vuelto a la antigüedad. Bebíamos el agua de lluvia que recogíamos en cubos en el techo”, rememora. “Lo primero que hicieron los terroristas fue prohibir leer libro. Quemaron los colegios. Mis tres hermanos y yo reaccionamos y pudimos esconder los libros y los cuadernos entre los árboles. Estudiábamos en secreto por las noches. Si nos sorprendían, nos arriesgábamos a sufrir un castigo”. Se vieron obligados a escapar del pueblo. De noche. “Nos dirigimos caminando hacia Alepo. De aldea en aldea. Íbamos escondiéndonos de los terroristas, porque estaban por todos los lados. Queríamos llegar al centro de la ciudad. Diez horas después de salir, gracias a un conductor, entramos a las zonas controladas por el ejército sirio. En el centro de Alepo no conocíamos a nadie, así que pasamos dos noches durmiendo en un jardín. El gobierno nos reubicó en un colegio donde acogían a familias desplazadas. Durante unos años vivimos en una habitación los cinco”. En diciembre de 2016, pudieron mudarse a la casa de su primo. Aunque el ejército controlaba gran parte de la ciudad, los combates continuaron en la periferia hasta febrero pasado.

Barrio de Alepo donde reside Shaman, sin luz eléctrica.


Cuando Shaman accedió a la universidad tenía 18 años. Intentó cumplir su sueño de estudiar Medicina. “Pero no conseguí la puntuación que pedían”, lamenta. “Así que me presenté en Ingeniería Mecánica. Y pasé la prueba de ingreso. Pero caían muchos morteros sobre la ciudad. Salías de casa por las mañanas y temías no volver o encontrarte a tu familia muerta”. Aquel primer año, Shaman consiguió la cuarta mejor nota de la promoción. Los combates se habían recrudecido. Y la pobreza. Los Maristas Azules contactaron con ellos y les ayudaron en todo. Incluso, viendo sus buenas notas en la facultad, le compraron un portátil. El mismo que le han robado. Era el primero de su vida. “La ayuda de los Azules fue para mí un gran revulsivo y conseguí a final de curso entre las tres mejores calificaciones”. Los dos últimos años, 4º y 5º de carrera, ha obtenido la mejor puntuación de toda la facultad de Ingeniería Mecánica. Hoy, Shaman sueña con sobrevivir a las sanciones económicas y doctorarse en una universidad de Europa. Y volver a casa, a Siria.

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