¿Es beneficioso o perjudicial el adelanto a junio de los exámenes de septiembre?
Por segundo curso consecutivo ya no habrá exámenes de septiembre. Y todos los alumnos, hayan aprobado o no el curso, podrán disfrutar de una largas vacaciones. Las pruebas extraordinarias se han adelantado a mediados de junio (15,18 y 19) en todos los colegios e institutos de Navarra en la ESO y 1º de Bachillerato (en 2º se venía haciendo desde hace casi una década).
A favor
Alberto Arriazu
BENEFICIOSO: Un cambio bueno para todos
En temas de educación todo el mundo tiene opinión y opina. Todos hemos estado o estamos en un centro educativo o tenemos a sus nuestros hijos en uno de ellos. Constantemente se escucha: “En mis tiempos esto era así o de otra manera. Era mucho mejor lo de antes….” Y todos creemos tener criterio para opinar. Todos somos seleccionadores de fútbol o todos sabríamos arreglar la sanidad. Pero realmente confiamos más si la organización recae en manos profesionales.
La educación está en el candelero cuando se necesita para el enfrentamiento político. Y dudamos del verdadero interés, sobre todo de quienes legislan. Basta con ver el resultado del intento de pacto educativo. Ya nadie habla de esa posibilidad. El servicio educativo se ofrece en los centros y la mejora de la Educación debería darse mejorando los colegios e institutos. Es decir, mejorando las direcciones de los centros, la capacitación del profesorado y su estabilidad, impulsado sus proyectos, mejorando las infraestructuras y posibilitando un funcionamiento autónomo centrado en los aprendizajes del alumnado.
Desde los centros de secundaria pensamos en estos aprendizajes del alumnado cuando solicitamos al Departamento de Educación del Gobierno de Navarra el cambio de fechas de los exámenes extraordinarios y su adelanto de septiembre a junio. Desde 2010, con la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior (el conocido como ‘Plan Bolonia’) en las universidades, cambiaron las fechas de los exámenes extraordinarios de septiembre a junio en 2º de Bachillerato (18 años). Posteriormente, la Formación Profesional se sumó a esta medida. En Educación Primaria (6-12 años) no hay exámenes en septiembre. Así que, solo el alumnado de entre 12 y 17 años que cursa enseñanzas no profesionales (es decir, los cuatro cursos de la ESO y 1º de Bachillerato) estaba sujeto a este calendario.
El alumnado demuestra su nivel de competencias durante el curso y en las pruebas ordinarias. Pensemos en un chico o una chica de 12 años con materias suspendidas para septiembre. En muchos casos ni se presentaba a los exámenes o en verano no era capaz de aprender lo suficiente para aprobarlos. Este alumnado necesita seguimiento y apoyo. Lo que actualmente se lo ofrecemos en los centros educativos durante el curso y en estos días de recuperación de junio.
Algunas de las razones por las que ADI (Asociación de Directores de Instituto) solicitó el cambio de septiembre a junio, como ya hacían otras autonomías, fueron:
•Facilita la recuperación del alumnado, al ser atendido entre la convocatoria ordinaria y extraordinaria por el mismo profesorado que les ha impartido clases durante el curso escolar.
•Permite la aplicación de la evaluación continua de forma efectiva, real y práctica y garantiza que el equipo docente al completo tome las decisiones de promoción (paso de curso) y titulación.
•Aumenta el porcentaje de alumnado que se presenta a la prueba extraordinaria en junio respecto a la que se presentaba en septiembre.
Y como apoyo a esta petición se mencionaban los resultados académicos positivos obtenidos en 2º de Bachiller en los últimos años. Estos datos se confirmaron en 2017 en el resto de los cursos.
Algunas de las críticas que se han vertido sobre este cambio decían que solo beneficiaba a los equipos directivos, porque así podían organizar mejor el curso o, incluso se decía, que el profesorado dispondría de más<
En contra
Silvia Saldaña
PERJUDICIAL: El niño desocupado
De todas las cosas buenas y no tan buenas que se derivan de ser padres, hay una que me parece muy interesante y es la capacidad para ser flexibles y adaptarnos a los cambios que supone la aparición de los hijos en nuestras vidas. Creo no equivocarme si afirmo que todos los padres descubrimos muy pronto que, con los niños, lo que vale y funciona hoy no es garantía de que perdure en el tiempo, ya que pronto otra circunstancia nos obligará a modificar las rutinas que acabábamos de instaurar. Al menos en mi casa así es. Para bien o para mal, las diferentes necesidades y personalidades de nuestros tres hijos nos han convertido en una suerte de malabaristas que manejan de la mejor manera que saben unas bolas de colores que en el aire se combinan e intentan no parar y no caer. En definitiva, buscando un equilibrio en movimiento, donde todas las piezas tengan su sitio y nos permitan a todos desarrollarnos satisfactoriamente en nuestra vida cotidiana. Y dentro de este equilibrio, los meses de mayo y junio son especialmente duros. Al síndrome del “fin del mundo” pre-sanferminero, se une generalmente un fin de curso escolar plagado de acontecimientos de todo tipo. Seguramente todos los padres tienen el calendario exactamente igual al nuestro: lleno de anotaciones. Difícil mantener las bolas en el aire, pero una vez más, nos adaptamos como podemos y llegaremos con éxito al ansiado inicio del verano.
Sin embargo, este año en el que nuestro hijo mayor cursa 1º de ESO (12-13 años), ha aparecido en este equilibrio una variante atípica y discrepante en el conjunto. En la vorágine de acontecimientos y sinvivires en que se convierten estos días, él está totalmente desocupado. El último examen lo hizo a mitades de mayo. Casi al día siguiente y gracias a la plataforma escolar, hizo sus cálculos y anunció que aprobaba la tercera evaluación y, por tanto, el curso. Y ahí se acabó todo. A partir de este día, no tenía “nada que hacer”. Ese “nada que hacer”, a mitades de mayo y con el resto de la familia intentando llevar a buen puerto los barcos cotidianos, resulta cuando menos sorprendente. Más si tenemos en cuenta el ritmo al que ha discurrido el resto del curso, con cantidades ingentes de materia que hay que abordar por diversos flancos.
Por un lado, este “nada que hacer” supone un alivio, ya que significa que el curso se ha superado con éxito. Pero por otro, resulta un brusco cambio en la rutina diaria, esa que a veces sirve para dar tranquilidad, no solo a los padres, sino también a los niños.
Para los que no habían tenido tanta suerte, los días 29, 30 y 31 de mayo fueron los exámenes de recuperación. Entonces se abrió el debate familiar, cuando mediante una circular, el centro prácticamente animaba a no asistir a clase. No solo eso, sino que nuestro hijo estaba completamente convencido en no acudir. Convencido de que no tenía nada que hacer allí y de que ni siquiera iba a haber nadie con quien hablar, ya que él daba por hecho que ninguno de sus iguales iba a asistir al colegio si no había nada que hacer... Pura lógica. Así que “nada que hacer” en casa, “nada que hacer” en el colegio… Y todo esto a un mes vista de finalizar el calendario escolar. Un mes entero… ¿Y nada qué hacer? Bueno, sí. Parece que algún proyecto de fin de trimestre, de carácter solidario y expositivo. Dinámicas seguramente muy atractivas. Pero que parecen un poco de entretenimiento y de “a ver si acabamos pronto con el curso y llega el dí