¿Decir ‘¡Viva España!’ es una provocación?


Actualizado el 20/10/2026 a las 09:21
Las recientes columnas sobre la visita de Vito Quiles a Pamplona me producen cierta perplejidad. No pretendo justificar sus formas ni compartir sus opiniones, sino defender su derecho a expresarse libremente. Descalificarlo apelando a sus supuestas intenciones - provocar, buscar notoriedad o réditos económicos- puede constituir una descalificación ad hominem. Aunque sus motivaciones fueran espurias, no perdería por ello ese derecho.
Que sectores vinculados a la izquierda abertzale consideren provocadoras expresiones como “¡Viva España!” o “Navarra es España” resulta comprensible desde sus presupuestos ideológicos. Lo desconcertante es que quienes defienden la compatibilidad entre la identidad foral de Navarra y su pertenencia a España parezcan asumir ese mismo marco interpretativo. La ventana de Overton puede ayudar a explicar esto: no se trata simplemente de que ciertas afirmaciones se consideren provocadoras, sino de que se haya desplazado el criterio social de lo que resulta legítimo expresar públicamente ¿No estaremos interiorizando un marco interpretativo-ideológico ajeno, en una suerte de síndrome de Estocolmo intelectual?
Algunos objetan que Quiles regresa a Madrid, mientras que quienes vivimos aquí debemos afrontar las consecuencias. Comprendo esa preocupación y la comparto. Sin embargo, Navarra conoce demasiado bien el precio del miedo y del silencio, así como el ejemplo de quienes, en circunstancias mucho más difíciles, no renunciaron a sus convicciones en defensa de la paz y la libertad. La prudencia individual no debería convertirse en una exigencia de autocensura colectiva.
Como extranjero que ha hecho de Navarra su propia tierra, me sorprende esta especie de “nueva normalidad”, que parece instalarse en determinados sectores de la opinión pública navarra. En octubre de 2017, Juan Carlos Monedero (uno de los fundadores de Podemos) dio una conferencia en la Universidad de Navarra.
También entonces había que defender su derecho a expresarse, aunque sus ideas incomodaran y disgustaran a muchos. La tolerancia democrática no depende de nuestras simpatías ideológicas. Recordemos la máxima de Evelyn Beatrice Hall, inspirada en Voltaire: ”No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”.
Necesitamos menos pensamiento endogámico y más libertad. Porque una sociedad deja de ser plenamente libre no solo cuando se prohíbe hablar, sino también cuando sus ciudadanos aprenden qué cosas -aunque se las piense- “es mejor no decir”.