Un PISA para la democracia

Santiago Pangua Cerrillo

Publicado el 27/09/2026 a las 08:29

Cada tres años examinamos a nuestros jóvenes. El informe PISA mide su capacidad para comprender un texto, razonar y aplicar lo aprendido a problemas reales. Después discutimos si la escuela los prepara bien para el futuro. Es una evaluación necesaria. Pero quizá ha llegado el momento de hacernos una pregunta más incómoda: ¿qué ocurriría si los examinados fuéramos nosotros? Necesitamos un PISA para la democracia. No una prueba para recitar artículos de la Constitución o recordar el nombre de las instituciones, sino para comprobar si sabemos vivir como ciudadanos libres. ¿Escuchamos a quien piensa distinto? ¿Verificamos una noticia antes de compartirla? ¿Exigimos a los nuestros lo mismo que reclamamos a los adversarios? ¿Defendemos la verdad cuando perjudica nuestros intereses? ¿Reconocemos la dignidad y el valor de toda vida humana incluso cuando hacerlo resulta incómodo?

No sé qué nota obtendríamos. Sospecho que el resultado nos obligaría a pensar. Nos hemos acostumbrado a la democracia como si, una vez conquistada, quedara garantizada para siempre, pero no es así. Una dictadura puede sobrevivir con ciudadanos pasivos; una democracia necesita personas capaces de pensar, discrepar, dialogar y asumir responsabilidades. Por eso la democracia requiere educación, no solo instrucción. Podemos formar excelentes profesionales y fracasar en algo esencial la formación democrática de los ciudadanos.

Vivir en democracia significa aceptar que la libertad tiene límites y responsabilidades, respetar las reglas cuando el resultado no nos gusta y recordar que el adversario político sigue siendo nuestro conciudadano. Todo eso se aprende. Cuando dejamos de educar para la verdad, la justicia, la paz y el respeto, esos valores se erosionan. La propaganda sustituye al argumento, el adversario se convierte en enemigo y terminamos invocando principios buenos que no practicamos.

Hablamos de paz mientras justificamos la violencia que nos conviene; de verdad mientras difundimos lo que confirma nuestros prejuicios; de respeto mientras deshumanizamos al diferente; de derechos humanos mientras los defendemos con distinta intensidad según quién sea la víctima. Así puede vaciarse una democracia por dentro, aunque conserve elecciones, leyes y parlamentos. El verdadero examen aparece en la vida cotidiana. Recibimos una noticia escandalosa sobre un político al que detestamos, ¿la compartimos o comprobamos primero si es cierta? Nuestro partido hace lo mismo que censuramos en el contrario: ¿lo condenamos también? Una persona sostiene ideas opuestas a las nuestras, ¿defendemos su derecho a expresarlas dentro de la ley? Una verdad perjudica a los nuestros y una mentira los beneficia: ¿cuál elegimos?

La democracia demuestra su fortaleza cuando respetar sus principios cuesta. Y esta educación no corresponde únicamente a la escuela. La familia enseña que el otro merece respeto; la escuela, a pensar y no solo a repetir; la universidad, a unir conocimiento y ética; los medios, a anteponer la verdad al espectáculo; las instituciones, a respetar sus propias reglas. Los responsables públicos educan con cada palabra y cada conducta. También nosotros educamos con lo que toleramos y con lo que rechazamos.

Un PISA para la democracia no debería repartir carnés de buenos y malos ciudadanos. Serviría para reconocer nuestras carencias y corregirlas. Porque quizá llevamos demasiado tiempo preguntándonos qué democracia queremos y demasiado poco qué ciudadanos necesitamos ser para sostenerla. La democracia no se hereda para siempre. Cada generación debe aprenderla, cuidarla y transmitirla. La próxima vez que conozcamos los resultados de PISA y nos preguntemos qué saben nuestros jóvenes, convendría añadir otra pregunta, ¿qué sabemos de democracia? No hay democracia sin demócratas y no hay demócratas sin educación. Ese es nuestro examen pendiente.

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