Mucho ruido y poco silencio

Gerardo Castillo Ceballos. Doctor en Pedagogía. Profesor emérito Universidad de Navarra

Publicado el 09/09/2026 a las 07:43

Para muchas personas el ruido es algo excitante: las mantiene despiertas y las preserva de pensamientos perturbadores. Odian el silencio por ser un tiempo monótono y aburrido. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) España es uno de los países más ruidosos del mundo. Hay mucho ruido en la calle, en las viviendas y en las obras urbanísticas innecesarias (por ejemplo, en Pamplona las reformas del Paseo de Sarasate y la de la Plaza del Conde de Rodezno). En algunas casas hay momentos en los que están conectados al mismo tiempo la lavadora, el friegaplatos, la aspiradora y la televisión. En esas condiciones cuesta concentrarse a la hora de leer, escribir o estudiar. Me sorprendió el caso de un poeta que le gustaba escribir sus poemas en los bares, sin importarle que fueran ruidosos. Ese poeta era José Hierro.

Decía San Francisco de Sales que “el bien no hace ningún ruido y que el ruido no hace ningún bien”. El silencio no es un espacio vacío. Está lleno de posibilidades: observar, cuestionar algunos temas, innovar procedimientos y estimular el pensamiento creativo. También reducir el estrés producido por el ruido.

Pero la sociedad de hoy ignora el silencio. En la época del activismo y la prisa apenas hay tiempos de silencio. Tampoco existen muchas personas que necesiten y busquen el silencio.

El ruido expresa lo superficial y lo repetitivo, mientras que el silencio nos remite a mensajes profundos. El silencio es algo más que ausencia de sonido y de palabras: es una actitud humilde, respetuosa y paciente. Callando posibilitamos que otros se expresen. Hay momentos en que las palabras distraen y estorban, siendo más oportuno el silencio.

Benedicto XVI escribió que “el silencio brota de la plenitud que habita en nosotros, que proviene de la plenitud de Dios. Por eso el silencio es imprescindible en la oración. La soledad y el silencio son espacios privilegiados para ayudar a las personas a reencontrarse consigo mismas y con la Verdad que da sentido a todas las cosas”.

Romano Guardini pone en la base de su concepción del diálogo el binomio “silencio-escucha”. Concibe el silencio no solo como una condición para el recogimiento, la introspección y el contacto con la voz interior, sino también como un aislamiento del mundo externo. El diálogo requiere saber escuchar pacientemente antes de hablar, sin interrumpir a quien nos habla, lo que no es frecuente. Contestar cuando el otro está iniciando una pregunta es romper el diálogo.

El amor se puede expresar tanto con palabras como con miradas y silencios: hay un tiempo de hablar y un tiempo de callar. En algunas ocasiones las palabras distraen y estorban, siendo menos oportunas que el silencio. Ese es el mensaje de estos versos: “Cuando tú te quedes muda/cuando yo me quede ciego,/nos quedarán las manos/y el silencio./Cuando tú te pongas vieja,/cuando yo me ponga viejo,/nos quedarán los labios/y el silencio”. Miguel Delibes evocó la vida con su mujer con estas palabras: “En las sobremesas solíamos sentarnos frente a frente y charlábamos. Las más de las veces callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos”.

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