Listo para comer
Publicado el 31/08/2026 a las 07:22
Desde el descubrimiento del fuego y su poder transformador sobre la carne de caza, la humanidad se reunió alrededor para cocinar, para hablar, para calentarse y para convivir. El antropólogo de Harvard Richard Wrangham, autor de En llamas. Cómo la cocina nos hizo humanos, sostiene la tesis de que cocinar fue decisivo para nuestra propia evolución como seres humanos.
Desde la prehistoria, ese descubrimiento del fuego cambió nuestros hábitos que permanecen hasta hoy: cocinar los alimentos. De comer carne cruda, pasamos a cocinarla y nos supo mucho más rica. Ganamos en sabor, en nutrientes y en energía. Además, cocinar nos exige permanecer en un lugar, esperar, compartir y, sobre todo, organizarnos con otros. Ese fuego prehistórico permanece, de alguna manera, en la cocina actual, que se ha puesto a día con las vitrocerámicas y demás artilugios modernos que -menos mal- facilitan nuestra vida cotidiana, pero sigue ahí. Y en muchas casas de pueblo se mantiene el fuego dentro de la casa, y en las barbacoas de domingo, y en las acampadas a la orilla del mar.
La revista Actualidad Económica acaba de publicar un reportaje sobre el tema. El CEO de la familia Martínez, Raul Martín, que surte a Mercadona de platos de comida preparada, nos ofrece un slogan muy tentador: más tiempo libre para la mujer. La propuesta se presenta como una conquista para las amas de casa -más tiempo libre- aunque detrás se abre, por supuesto, un enorme nicho de mercado y un extraordinario potencial de negocio. El empresario augura, además, que en pocos años las cocinas desaparecerán de las casas.
Esto es una corriente que se está dando en la industria alimentaria casi en general. Cómo me gustaría ver la cara de Arguiñano, quien en su programa Cocina abierta estimula la creatividad culinaria de más de un millón de amas de casa que le siguen cada día, de lunes a viernes, durante media hora.
El slogan empresarial es tentador. Pero, me pregunto, ¿no estaremos, acaso, frente a un caballo de Troya en pleno siglo XXI? La empresa defiende el escaso y valioso tiempo del consumidor, del ama de casa, y nos presenta la preparación de la comida como una carga doméstica de la que tenemos que liberarnos. Nos anima, así, a adquirir el bien por excelencia: tiempo, comprar tiempo. El dicho popular que dice “Se metió hasta la cocina” significa que alguien entró demasiado, que ha traspasado los limites o que se ha tomado una confianza excesiva llegando hasta el espacio más íntimo o privado. Es que la cocina es y ha sido mucho más que el lugar donde se prepara la comida. La cocina ha sido el núcleo de la vida familiar, el verdadero corazón del hogar. Como dice Raquel Cascales en su libro Habitar el mundo, mucho antes de que la arquitectura del sigo XX organizara los espacios y sus funciones, las casas eran abiertas y en el centro ardía la lumbre. Alrededor del fuego se cocinaba, se comía, se conversaba y se entraba en calor. Lo crudo se convierte en manjar, lo inerte pasa a dar vida, lo individual está al servicio de lo colectivo. La preparación de la comida está constituida por actos que configuran nuestro entorno y la propia vida. Y me surgen más preguntas: ¿En qué vamos a emplear el tiempo que ahorremos en cocinar? ¿En tiempo de pantallas, TikTok, Instagram etc.? ¿Forma parte del progreso eliminar de nuestra vida todas las actividades que exigen tiempo, esfuerzo y cuidado, y que sostienen la vida diaria? ¿Qué actividades hemos decidido que merecen nuestro tiempo? Saint-Exupery en El principito relata el encuentro del protagonista con un comerciante que vende píldoras para quitar la sed y le explica que, tomando una píldora a la semana, no tendrá sed y ya no le hará falta beber, y que así ahorrará cincuenta y tres minutos a la semana en ir y volver de la fuente. El Principito le responde algo así como que, si el tuviera 53 minutos para gastar, caminaría lentamente hacia la fuente cada día. Para saborear el aire en el camino, para ejercitarse, para el encuentro con otros caminantes, etc. Es el sentido actual de la eficiencia vuelto al revés. En nuestra cocina, no. Nadie podrá superar las croquetas de la abuela. Y tampoco el caldico de mamá.