Reducir el riesgo de desastres

Santiago Pangua Cerrillo

Publicado el 29/08/2026 a las 08:34

Vivimos en un mundo que dedica enormes esfuerzos y recursos a protegernos unos de otros. Sin embargo, quizá deberíamos preguntarnos quiénes son nuestros verdaderos enemigos. Una inundación no pregunta qué pensamos. Un incendio no distingue ideologías ni fronteras. Una sequía puede destruir las cosechas de miles de familias. Un terremoto puede arrasar en segundos lo construido durante generaciones. Y un virus puede recorrer el planeta y recordarnos que la salud y la seguridad de unos dependen también de las de los demás.

Nuestros enemigos no deberían ser otros seres humanos. Nuestros verdaderos adversarios son aquellos riesgos capaces de destruir vidas y nuestro futuro común. Por eso, trabajar en la reducción del riesgo de desastres puede convertirse en uno de los grandes caminos hacia la paz, la convivencia y el progreso. Reducir el riesgo significa anticiparnos: conocer las amenazas, disminuir nuestras vulnerabilidades, proteger pueblos y ciudades, gestionar nuestros bosques, cuidar el agua, defender los cultivos, fortalecer los sistemas sanitarios y proteger las infraestructuras esenciales, pero significa, sobre todo, trabajar juntos.

Administraciones, empresas, universidades, científicos, agricultores, ganaderos, profesionales de emergencias y ciudadanos compartimos un objetivo que debería estar por encima de nuestras diferencias: proteger la vida. Tenemos además herramientas extraordinarias. La ciencia, los satélites, los sensores, los sistemas de alerta temprana y la inteligencia artificial nos ofrecen posibilidades que hace unas décadas parecían inimaginables. Pongamos esa inteligencia al servicio de las personas.

Durante demasiado tiempo hemos aceptado una lógica equivocada: esperamos a que llegue la catástrofe y después destinamos enormes recursos a reconstruir lo destruido. Debemos ayudar cuando ocurre una tragedia, pero también preguntarnos: ¿cuántas vidas, viviendas, empleos, empresas y explotaciones agrícolas podríamos proteger si invirtiéramos más antes de que sucediera?

La prevención no es un gasto. Es una de las mejores inversiones que puede realizar una sociedad. Invertir en reducción del riesgo significa invertir en seguridad, salud, empleo, economía y estabilidad. También puede generar innovación y nuevos puestos de trabajo en ingeniería, agricultura, gestión forestal, agua, meteorología, investigación, tecnología, sanidad y protección civil. Proteger nuestros cultivos frente a inundaciones, sequías, incendios o temperaturas extremas significa además proteger nuestra seguridad alimentaria. Detrás de cada alimento hay tierra, agua, esfuerzo y personas. Defender el campo es defender nuestro futuro y existe una responsabilidad todavía mayor: las generaciones futuras. Nuestros hijos y nietos vivirán con las consecuencias de las decisiones que tomemos hoy. Tenemos la obligación moral de entregarles ciudades más seguras, territorios mejor gestionados, infraestructuras resistentes y una sociedad preparada. Imaginemos científicos, universidades, empresas, administraciones y ciudadanos de diferentes países trabajando juntos para anticipar inundaciones, prevenir incendios, proteger cultivos, garantizar el agua y prepararnos frente a futuras pandemias. ¿Cuánto sufrimiento podríamos evitar? ¿Cuánto empleo, conocimiento y progreso podríamos generar? Quizá descubriríamos también que tenemos muchas más razones para colaborar que para enfrentarnos. Porque la paz no se construye únicamente terminando guerras. La paz también se construye trabajando juntos para proteger la vida. Somos una misma familia humana y compartimos un mismo futuro. Hagamos de la reducción del riesgo de desastres un gran proyecto común: un camino hacia la seguridad, el progreso, la convivencia y, sobre todo, la paz.

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