La memoria de los inocentes
Publicado el 18/07/2026 a las 08:18
Hace unos días vi el documental sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Apenas unas jornadas después, asistí al homenaje en memoria de José Javier Múgica. Dos momentos que despertaron en mí la necesidad de escribir estas líneas y de recordar a tantas víctimas de ETA en Navarra y en el resto de España.
Al volver a casa no pensaba solo en ellos. Pensaba en todos. En quienes un día salieron de casa convencidos de que regresarían. En quienes dejaron un beso a sus hijos sin saber que sería el último. En quienes tenían una vida sencilla, una familia, unos sueños y un futuro que el odio decidió arrebatarles. Pero también pensaba en quienes se quedaron: padres, madres, viudas, huérfanos, hermanos y amigos que aprendieron a convivir con una ausencia imposible de llenar. Porque el terrorismo no solo asesinó personas; dejó heridas que nunca terminan de cerrarse.
Por eso me estremeció conocer que seis de cada diez jóvenes apenas saben qué fue ETA y, lo que es aún más doloroso, desconocen quiénes fueron sus víctimas. No me preocupa solo el olvido de unos hechos terribles. Me duele el olvido de unas personas que nunca quisieron ser héroes. Solo querían vivir, trabajar, formar una familia, ver crecer a sus hijos y volver a casa. Cuando una sociedad deja de recordar a quienes más sufrieron, pierde una parte de sí misma. La memoria no es revancha ni nostalgia; es dignidad. Es la forma de decirles a quienes ya no están que su vida importó, que su sufrimiento no fue en vano y que jamás permitiremos que el terror se diluya en la indiferencia.
También me entristece comprobar que todavía haya quienes sean incapaces de condenar con claridad aquella barbarie o pretendan blanquear lo ocurrido. Precisamente por eso, recordar es más necesario que nunca. No para abrir heridas, sino para cerrarlas desde la verdad y el respeto. Para que las nuevas generaciones comprendan que ninguna idea, ninguna bandera y ningún proyecto político pueden justificar el asesinato.
La muerte no siempre llega una sola vez. La primera la causa el asesino; la segunda, mucho más silenciosa, puede llegar con el olvido. Esa depende únicamente de nosotros. No dejemos que ocurra. Porque no existe victoria más cruel para un asesino que el olvido de su víctima. Que descansen en paz. Que sus nombres sigan vivos entre nosotros. Porque una sociedad que recuerda a sus víctimas es una sociedad que se niega a conceder al asesino su victoria definitiva.
Alberto Guijarro Cano. Expresidente del Consejo de la Juventud de Navarra