La fuerza de la unidad
Publicado el 17/07/2026 a las 07:22
Son muchos los investigadores que, desde disciplinas muy distintas, han llegado a una misma conclusión: la unidad multiplica la capacidad de las personas, las familias, las empresas y las sociedades para afrontar los desafíos más complejos. Robert Putnam demostró que el capital social, la confianza, la cooperación y el compromiso cívico, constituye una de las mayores riquezas de un país. Elinor Ostrom probó que comunidades diversas son capaces de gestionar con éxito intereses comunes cuando prevalece la colaboración sobre el enfrentamiento. Peter Senge y Patrick Lencioni explicaron que las organizaciones más sólidas no son las que cuentan con los individuos más brillantes, sino aquellas que consiguen que todos remen en la misma dirección. En el ámbito de la empresa familiar, Miguel Ángel Gallo, John L. Ward y Gonzalo Gómez Betancourt llevan décadas demostrando que la continuidad de un proyecto depende mucho más de la unidad de la familia que de la calidad de sus balances. Todos ellos llegan, por caminos distintos, a una verdad sencilla: la unidad no es un ideal romántico; es una condición necesaria para prosperar.
Sin embargo, resulta paradójico que, siendo una evidencia tan ampliamente estudiada, apenas se investigue cómo construir y preservar la unidad en nuestra vida pública. Sabemos que es mejor prevenir que curar, pero seguimos esperando a que los conflictos se agraven para intentar resolverlos. Sabemos que el interés general debe prevalecer sobre el particular, pero con demasiada frecuencia ocurre exactamente lo contrario.
La unidad exige renuncias. Exige aceptar que nadie posee toda la verdad. Exige diálogo, generosidad, responsabilidad y una mirada de largo plazo. Requiere participar, escuchar, ser solidarios con quienes más lo necesitan y comprender que el éxito colectivo acaba beneficiando también a cada individuo. España atraviesa una etapa en la que la división parece haberse convertido en una estrategia política. La confrontación permanente, los vetos cruzados, los llamados cordones sanitarios y la descalificación del adversario ocupan el espacio que debería corresponder al acuerdo. No se construyen consensos sobre los grandes retos nacionales; se construyen trincheras. Y, mientras tanto, los problemas continúan creciendo.
Nuestra competitividad pierde impulso. La sostenibilidad de la Seguridad Social plantea interrogantes cada vez más serios. El relevo generacional amenaza la continuidad de miles de empresas familiares. El absentismo laboral reduce la productividad. La transformación tecnológica y la inteligencia artificial exigen respuestas coordinadas. El cambio climático reclama políticas estables y de largo recorrido. Todos estos desafíos tienen algo en común: ninguno puede resolverse desde la división. Por eso resulta sorprendente que la unidad apenas ocupe espacio en el debate público y en la investigación aplicada a las instituciones. Si conocemos las consecuencias económicas, sociales y humanas de la polarización, ¿por qué no dedicamos más esfuerzo a estudiar cómo fortalecer la cooperación? ¿Por qué no analizamos con el mismo rigor científico las condiciones que hacen posible la unidad entre personas con ideas diferentes? No exagero al afirmar que ignorar este conocimiento tiene un coste enorme. Cuando la división se convierte en un modo habitual de hacer política o de dirigir organizaciones, el precio lo paga toda la sociedad. Quizá por eso resulta tan esperanzador observar ejemplos que demuestran que otra forma de liderar es posible. La selección española de fútbol, bajo la dirección de Luis de la Fuente, ha ofrecido una lección que trasciende el deporte. Quienes apenas entendemos de táctica sí podemos reconocer algo evidente: un grupo de jugadores con trayectorias, intereses y personalidades distintas ha conseguido actuar como un auténtico equipo. Nadie parece situarse por encima del proyecto común. El talento individual no desaparece; se pone al servicio del conjunto. Y, precisamente por ello, el rendimiento colectivo se multiplica.
Ese es el verdadero liderazgo: lograr que personas diferentes compartan un propósito superior sin renunciar a su identidad. Ojalá ese ejemplo inspire también a nuestra clase política, empresarial y social. Porque la unidad no significa uniformidad. No exige pensar igual. Significa compartir objetivos esenciales, respetar las diferencias y comprender que el interés general debe prevalecer sobre la suma de los intereses particulares. La unidad no debilita la democracia; la fortalece. No elimina la pluralidad; la hace posible. No impide el debate; lo dignifica. Quizá ha llegado el momento de hablar mucho más de la fuerza de la unidad. De estudiarla con el mismo rigor con el que estudiamos la economía, la innovación o la tecnología. De enseñarla en nuestras escuelas, practicarla en nuestras empresas y exigirla a quienes tienen responsabilidades públicas. Porque las sociedades no fracasan por falta de talento. Fracasan cuando pierden la capacidad de trabajar juntas. Y la historia demuestra que ningún país ha prosperado de manera duradera cuando la división ha sustituido al bien común como principal criterio de actuación. Señor Luis de la Fuente: gracias por recordarnos, con hechos y no con discursos, que la unidad no es una utopía. Es una forma de liderar. Una forma de construir. Y, probablemente, la única forma de afrontar con éxito los grandes desafíos de nuestro tiempo.