El camarero se llama código de barras
Publicado el 02/05/2026 a las 08:20
Sin darnos casi cuenta, hasta la forma de comer se ha convertido en otro síntoma de que algo falla en este país. El clásico menú del día va desapareciendo mientras se multiplica la imagen de trabajadores comiendo de pie en el supermercado, con un plato recalentado y una bebida barata, porque el bar de la esquina se ha vuelto un lujo y el sueldo no estira más. A la inflación de la cesta de la compra se responde con imaginación individual, pero no con políticas que garanticen algo tan básico como poder sentarse a la mesa sin hacer malabarismos con el monedero.
En paralelo, llegan noticias de Japón donde un modelo matemático es capaz de medir en tiempo real la frescura del pescado y anticipar cómo se degradará según la temperatura y el tiempo de almacenamiento. Tecnología puntera para que la industria optimice sus procesos, mientras aquí millones de personas ajustan su dieta al céntimo, comparan etiquetas y renuncian al restaurante del barrio, sin que nadie en la administración parezca ver en ello un problema de calidad de vida, sino un simple “cambio de hábitos”. Ese es el verdadero milagro español: más ruedas de prensa hablando de bienestar y salud que mesas donde un trabajador pueda comer con calma y a un precio razonable. Mucho discurso sobre alimentación sana y dieta mediterránea, pero ninguna urgencia política por evitar que el almuerzo se tome, literalmente, entre estanterías.