Cuando la escuela es de todas y todos
Publicado el 26/04/2026 a las 09:04
Hay decisiones que parecen técnicas, casi administrativas. Ajustar aulas, reorganizar recursos, cerrar unidades. Pero a veces, detrás de esas decisiones aparentemente frías, se esconde una pregunta mucho más profunda: ¿qué estamos dispuestas y dispuestos a sostener en común?
Navarra vive uno de esos momentos. El debate sobre el cierre de unidades concertadas ha llenado titulares y ha reactivado argumentos conocidos: la libertad de elección, la demanda social, la defensa de modelos propios. Todo ello merece ser escuchado. Pero también merece ser pensado con calma, más allá de inercias y posicionamientos automáticos.
Porque hay algo que conviene no perder de vista: la educación pública no es solo una red más. Es el lugar donde una sociedad se encuentra consigo misma. Es ahí donde niñas y niños de distintos orígenes comparten aula sin que nadie pregunte de dónde vienen. Donde se aprende no solo a leer o a sumar, sino a convivir con quien es diferente. Donde la diversidad no se organiza, simplemente ocurre. Y en ese “ocurrir” cotidiano se construye algo que rara vez aparece en los discursos: la cohesión. A veces se habla de libertad de elección como si fuera el valor supremo. Pero, ¿qué significa elegir en una sociedad donde las oportunidades no son iguales para todas las personas? ¿Qué tipo de libertad estamos defendiendo si, al ejercerla, contribuimos sin querer a separarnos más? La escuela pública no niega la libertad. La sitúa sobre una base común. Garantiza que, antes de elegir caminos distintos, todas y todos partamos de un mismo lugar. También se dice que determinadas redes son necesarias para preservar lenguas, culturas o proyectos educativos específicos. Y es cierto que todo ello forma parte de nuestra riqueza colectiva. Pero quizá la pregunta no sea si deben existir, sino dónde debe recaer la responsabilidad de garantizar esos derechos.
Si algo es valioso para toda la sociedad -como una lengua, como la igualdad, como la inclusión-, ¿no debería estar asegurado en el espacio que es de todas y todos? Hay otro elemento que atraviesa este debate, aunque a veces quede en segundo plano: la forma en que distribuimos los recursos comunes. En un contexto en el que el alumnado disminuye, mantener todo como está no es una opción real. Y entonces la pregunta vuelve a aparecer, más directa: ¿qué reforzamos cuando no podemos sostenerlo todo?
No es solo una cuestión de números, sino de principios. Reforzar la escuela pública significa apostar por el único espacio que no deja a nadie fuera. Significa confiar en un sistema que no selecciona, que no distingue, que no condiciona. Quizá no se trata de estar a favor o en contra de una red u otra. Quizá se trata de reconocer qué papel juega cada una en el conjunto y cuál debe ser el eje sobre el que se construye todo lo demás. Porque al final, la educación no es solo una cuestión de estructuras. Es una forma de mirarnos como sociedad. Y en esa mirada hay algo que merece ser protegido con especial cuidado: la idea de que hay lugares que son de todas y todos, sin excepción. La escuela pública es uno de esos lugares.