Cargar con la cruz hoy

Santiago Pangua Cerrillo

Publicado el 06/04/2026 a las 08:21

Más de dos mil años después de la muerte de Jesús de Nazaret, la cruz sigue siendo un símbolo incómodo, que invita a retirarlo de las escuelas, las empresas, los hospitales y las casas. No pertenece solo al ámbito de la fe ni a la memoria religiosa: plantea una pregunta vigente sobre el modo en que afrontamos el sufrimiento, la injusticia y la dignidad humana. Jesús pasó por la vida haciendo el bien, anunciando el Reino de Dios y situando en el centro a quienes no contaban: enfermos, pobres, excluidos. 

Su muerte no fue únicamente una condena injusta, sino la consecuencia de una forma de vivir que cuestionaba el poder, denunciaba la hipocresía y rompía las lógicas de exclusión. Ese mensaje, hoy como entonces, incomoda. En la sociedad contemporánea, marcada por el consumo, el individualismo y la cultura de la apariencia, la fe es con frecuencia relegada al ámbito privado o considerada irrelevante. Sin embargo, las nuevas formas de “progreso” conviven con formas de esclavitud menos visibles: el rencor que fractura, la envidia que erosiona, la confrontación constante, la violencia a veces explícita y una creciente deshumanización en las relaciones. 

No hay cadenas visibles, pero sí ataduras reales. Desde esta perspectiva, la cruz ofrece una lectura crítica de la realidad. No es un símbolo de resignación, sino un lugar desde el que mirar con verdad. En ella se reflejan la injusticia que se normaliza, la violencia que se justifica y la indiferencia que se tolera. Pero también se revela algo esencial: que el amor, entendido como entrega y compromiso, es una fuerza transformadora. Mirar la realidad desde la cruz implica situarse del lado de quienes sufren, no como observadores distantes, sino como parte implicada. Supone reconocer que la injusticia no es un fenómeno ajeno, sino una realidad que atraviesa estructuras sociales y decisiones personales. Desde la fe cristiana, cargar con la cruz hoy no significa aceptar pasivamente el dolor, sino responder activamente ante él. Es comprometerse con los más vulnerables, defender la dignidad de cada persona y resistirse a la lógica de la indiferencia. 

Es, en definitiva, asumir que el bien común exige implicación. La cruz, sin embargo, no es el final. La tradición cristiana sostiene que tras ella está la resurrección: una esperanza que no niega el sufrimiento, pero afirma que no tiene la última palabra. Esta convicción introduce una dimensión decisiva en el debate público: la posibilidad de transformar la realidad desde el amor y la justicia, incluso en contextos adversos. En un tiempo de polarización, discursos simplificados y creciente desconfianza, recuperar el significado de la cruz puede parecer contracultural. 

Probablemente lo sea. Pero también puede ser una de las pocas vías capaces de devolver profundidad a conceptos hoy erosionados, como verdad, responsabilidad o dignidad. Cargar con la cruz hoy es, en última instancia, una forma de situarse en el mundo: elegir el compromiso frente a la indiferencia, la justicia frente al interés y el amor frente a la violencia. No es un camino fácil. Pero sigue siendo, quizá, uno de los más necesarios.

Santiago Pangua Cerrillo

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