Viernes Santo: cuando no se entiende nada

Carlos Andreu Pintado

Publicado el 02/04/2026 a las 08:29

El Viernes Santo es un día incómodo. No tiene la calidez de otras celebraciones ni deja espacio para el entusiasmo. Es un día seco, áspero. Un día en el que las cosas no encajan y en el que cuesta encontrar sentido a lo que ocurre. Todos, antes o después, pasamos por momentos así. Días en los que algo se rompe: un proyecto que no sale, una noticia que no esperabas, una situación que se escapa de las manos. Y uno se queda ahí, sin respuestas claras, preguntándose qué hacer con todo eso. No siempre hay mucho que hacer. Y quizá esa sea una de las lecciones más difíciles de aceptar. Hay situaciones que no se arreglan con esfuerzo, ni con más horas, ni con mejores intenciones. Hay que atravesarlas. Sin entender del todo. Sin tener el control. El Viernes Santo habla precisamente de eso. De permanecer cuando lo fácil sería marcharse. De sostenerse cuando todo pesa. De no rendirse aunque el panorama no invite al optimismo. Porque, aunque en ese momento no lo parezca, hay algo que sigue en pie: la capacidad de mantenerse fiel, de no endurecerse, de no perder lo esencial. Y eso, sin ruido, es una forma de esperanza. Lo único que nos queda. 

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