La realidad de una juventud sobrecualificada

Rafael Blasco García 

Publicado el 30/03/2026 a las 07:14

El tiempo que vivimos viene marcado por desafíos estructurales, errores de gestión y un bajo nivel de principios éticos, que están dejando de ser la guía de la justicia, de la honestidad, de la responsabilidad y del respeto a la dignidad. La justicia social está siendo sustituida por la caridad, desviando la atención del deber estatal y convirtiendo los derechos fundamentales en dependencias. La caridad ha de entenderse como una respuesta solidaria ante necesidades urgentes, no invalidando el análisis de las causas subyacentes que las generan. De otro lado, una instrumentación sin precedentes está logrando que la esencia de la cultura se vea, paso a paso, sometida a la política. Arte y expresión se validan más por la postura ideológica que por su belleza real. 

La sociedad actual está inmersa en una profunda transformación hacia un modelo impulsado por datos, cuyo control constituye el nuevo oro que facilita y desarrolla el poder. Crece la preocupación de estar viviendo en un mundo sin líderes válidos, que están siendo percibidos como meros administradores enfocados hacia sus propios intereses. El escombro de los dioses y sus ruinas mitológicas se ha ido disipando entre la luz y la sombra de los tiempos, dejando el alma en suspense, buscando como guía la bella pirotecnia iluminadora de las manos que nos quieren y nos construyen como seres humanos. El malherido sentido de la vida vuelve sobre sus pasos y descubre la desnudez de las creencias, como una confusa rebelión de pájaros. Como escribió André Gide, “la responsabilidad del hombre aumenta en la medida en que decrece la de los dioses”. Muy por el contrario, lejos de desarrollar una mayor sensibilidad ante el sufrimiento ajeno, estamos ante un fenómeno contemporáneo de distanciamiento emocional, convirtiendo las relaciones en espacios de frialdad. 

La ciberviolencia se expande día a día como una nueva y ambigua forma de control, menosprecio y sexualización, a través de las redes sociales. El revisionismo inexorable de nuestro tiempo ha sumergido a la juventud en un anticipado escepticismo. Una realidad compleja de responsabilidades prematuras les está mostrando, en muchos casos, el polvo del ocaso posado sobre sus ilusiones. En España, la juventud actual se enfrenta a un desafiante futuro, caracterizado por la precariedad laboral, elevadas tasas de desempleo y gran dificultad para acceder a una vivienda. Los trabajos, al ser inestables y mal pagados, dificultan la emancipación, y generan desconfianza en un sistema que trata a los jóvenes como mano de obra barata, reemplazable y con dudoso porvenir. 

Pese a ser esta una generación sobrecualificada, se da la paradoja de tropezar con la inestabilidad, la frustración y la dependencia familiar, con la consiguiente amputación de los sueños propios de esa edad de oro en la que, con esfuerzo, se confía en poder alcanzar las metas ilusionantes que muestra la vida. La estabilidad laboral  es para ellos un lujo, y no un derecho. Esta coyuntura les convierte en una generación atascada entre la retórica del gobierno y la penosa realidad de una falta de voluntad política, que está secuestrando el derecho a vivir y soñar. El hervor humano de la juventud demanda el alejamiento de lo prosaico y el acercamiento a la belleza y al sentido poético de la existencia. Estamos ante la edad inventora y desvalida que precisa vivirlo todo y revelar las formas que duermen en el aire, como una fiesta de luz y transformación de algo, limpio y valioso, que viaja eternamente por las estrellas.

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