El narcisismo de Pedro y sus consecuencias

Gerardo Castillo Ceballos. Doctor en  Pedagogía.  Profesor emérito de la Universidad de Navarra

Publicado el 30/03/2026 a las 07:18

Gilles Lipovetski descubrió el cambio cultural generado por el posmodernismo: el notable incremento de un individualismo de tipo narcisista y hedonista, ligado a un vacío de ideales, creencias y convicciones y a un relajamiento de los vínculos sociales y familiares. Lo describió en dos obras: La era del vacío  (1983) y El imperio de lo efímero (2012). Posteriormente, el narcisismo se propagó en forma de epidemia, afectando a personas de todas las edades. Alexander Lowen considera que el narcisismo  individual corre paralelo al cultural: el individuo moldea la cultura según su propia imagen y la cultura moldea, a su vez, al individuo. 

La cultura narcisista  prioriza la imagen, el éxito material y la validación externa por encima  de los valores humanos.  En ella  la apariencia triunfa sobre la autenticidad. Es la consecuencia de estar condicionada por tres egos: egoísmo, egocentrismo  y egolatría. Estos tres rasgos se aprecian especialmente en algunos mandatarios políticos de ahora. Por ejemplo, en el caso de Pedro Sánchez.

Pedro está habitualmente absorto y centrado en sí mismo. Se preocupa excesivamente por sus necesidades personales, ignorando  o minimizando las  de los demás. Tiene una necesidad profunda de admiración. Miente frecuentemente  de forma compulsiva para  mejorar  su   imagen  y  escapar de todo tipo de  conflictos. Lógicamente él lo niega. En  una entrevista televisiva declaró que sus supuestas mentiras son simplemente cambios de opinión. La mentira es su recurso habitual. Se le supone admirador de  Joseph Goebbels,  para quien una mentira repetida muchas veces acaba siendo vista como una verdad. La “hiperestima” que suele atribuírsele a Pedro es aparente. Se trata solamente de una fachada externa, tras la que se esconde una personalidad insegura y vulnerable; es simplemente un mecanismo de defensa de un yo que se siente amenazado. 

Cualquier cuestionamiento de lo que Pedro dice o hace puede desencadenar su ira. Es la llamada  ira narcisista. Su falta de empatía, sus impulsos egoístas y sus decisiones autoritarias suelen generar un ambiente de trabajo tóxico. El narcisismo le lleva a centrar la gestión pública en su figura personal y en la búsqueda constante de validación, lo que suele derivar en el fenómeno conocido como Síndrome de Hubris o “Enfermedad del poder”.  Varios analistas políticos coinciden  en que su  gestión se caracteriza  por los tres rasgos que expongo a continuación. 

-Tiende a ver la nación como una extensión de su propia identidad. Sus intereses personales suelen anteponerse a los institucionales.

-Se percibe a sí mismo como figura indispensable o salvadora, creyendo que las normas comunes no le  son aplicables,  debido a su supuesta rectitud moral y visión superior. 

-Usa una retórica divisiva que etiqueta a los opositores como enemigos personales o del pueblo.

El mandatario  narcisista pone en riesgo  la  democracia.  De  hecho Pedro está siendo acusado de autócrata por  diferentes fuerzas políticas, debido al uso excesivo  de decretos-leyes, control institucional, pactos con independistas y estilo de gobierno personalista. Considero fundamental desmitificar los pseudovalores de la cultura narcisista, tanto desde los  medios de comunicación  libres, como desde la familia y la escuela. Es necesario promover la batalla cultural, una  batalla que quienes nos sentimos patriotas, estamos perdiendo.

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