El tetrabrik al contenedor amarillo. Mientras, revientan gasoductos
Publicado el 29/03/2026 a las 08:15
Como ciudadanos corrientes, cada día nos acribillan con medidas que, desde diferentes organismos de la ONU, y los gobiernos locales, luchan contra la contaminación por plásticos, y se impulsan protocolos para controlar el comercio internacional y las emisiones de carbono en los países de América Latina. Nosotros, los ciudadanos de a pie, no acabamos de comprender qué demonios está pasando, pero sí atinamos a vislumbrar hasta dónde nos lleva la codicia y el orgullo de la gente que dirige el mundo y que nos exigen un comportamiento responsable mientras ellos actúan con imprudente prepotencia.
Tenemos que reciclar, tenemos que separar los restos, no podemos acceder a ciertas zonas del centro de la ciudad para mantener el aire limpio, tenemos que medir nuestra “huella de carbono”. Con la trampa del “tú eres el responsable”, nos transfieren la culpa a los que cada vez consumimos menos, como si el destino del planeta dependiera de nuestras minúsculas acciones, mientras la televisión nos muestra el terrible daño que están ocasionando al planeta, además de los millones de vidas perdidas.
Los Estados, que promueven estas medidas para controlarnos están decidiendo guerras que destrozan el medio ambiente, arden los pozos de petróleo, sobrevuelan los drones asesinos, atacan instalaciones nucleares, y generan una cantidad astronómica de emisiones dañinas para el mundo y sus habitantes.
El peligro de la guerra ya no es imaginario, nos está tocando los talones. Una guerra, además, en la que no luchan los que la dirigen, sino que mandan, envían y convierten a sus jóvenes en cosas que pronto regresarán cadáveres, en una aterradora lógica deshumanizante. “No hay aspecto de la persona que la guerra no hiera”, decía Simone Weil. Ella, ante las guerras actuales, pondría el foco en los cuerpos concretos triturados por la fuerza -soldados, civiles, desplazados, niños inocentes, madres gestantes-, más que en los discursos patrióticos o geopolíticos. Creo que en mi casa se acabó la pelea por dónde se tira el tetrabrik. O los restos del pollo asado, los palillos para las orejas y las botellas de cristal. Se acabó la disputa domestica con hijos y nietos. Me da lo mismo que las pajitas sean de plástico o de cartón y que los pañales de los niños contaminen… ¡Se acabó la tortura de los contenedores de colores y las tarjetas que funcionan con dificultad!… Parece que la cosa no debe tener demasiada relevancia cuando vemos cómo destrozan el mundo con sus guerras. No les preocupa el calentamiento global ni la salud del medio ambiente, ni el “cambio climático”, ni la vida de la gente.
Caemos en la cuenta de que los contenedores de colores y sus tarjetas no son más que una forma nueva de control de nosotros, como decía Michel Foucault en su libro Vigilar y castigar, … “la penetración del reglamento hasta en los más finos detalles de la existencia”. Les interesa el control de cada uno de nosotros. Pronto llegará el castigo por los días que no pusimos la basura en el contenedor correcto o que nos dejamos la tarjeta y todo fue a parar al mismo sitio. ¿Quién les juzgara a ellos por destrozar el planeta? Yo espero poder liberarme de la culpa de ser responsable porque me equivoqué en el color del contenedor. Pero no dejemos de alzar la voz en contra de los que están haciendo daño irreparable a la naturaleza. Y exijamos que las decisiones políticas que definen la vida o la muerte de millones de personas las tomen, los que las dirigen, en el mismo campo de batalla y que sientan en primera persona el hedor de la muerte y el desgarro de la vida cotidiana. Que contrasten en primera persona el dolor que ocasionan y que, al parecer, no perturba sus conciencias. Así, la voluntad de alcanzar la paz podría transformarse de raíz: una paz fundada, no en intereses estratégicos, sino en la dignidad inviolable de cada ser humano.