Hasta donde ven tus ojos

Elena Sogor

Publicado el 13/03/2026 a las 07:30

Quiero dedicar estas líneas a mi abuela, una mujer del campo que me enseñó, sin discursos ni teorías, que el trabajo y la constancia son la base de todo en la vida. Escribo estas líneas desde Navarra, donde vivo hoy, pero pensando en mi infancia en Ucrania, entonces parte de la Unión Soviética. No recuerdo haber visto a mi abuela nunca quieta.De lunes a viernes trabajaba en la fábrica. Los sábados iba al koljós, aquellos trabajos comunitarios donde cada vecino tenía que aportar su esfuerzo: a veces en el campo, otras en la panadería, otras donde hiciera falta. Y el domingo tocaba faenar en su propia casa.La vida era así: trabajo, trabajo y más trabajo. Pero mi abuela siempre tenía una sonrisa en la cara y una canción en la boca. Cuando segaba en el campo lo hacía al mismo ritmo que los hombres, y cuando empezaba a cantar mientras trabajaba, los demás se acercaban a su lado. Decían que con su canto el trabajo se hacía más ligero. Nosotros, sus nietos, crecimos ayudando. Desde muy pequeños llevábamos el ganado a pastar y aprendimos que el trabajo no era una opción, sino parte de la vida. De todos los trabajos del campo, el que más odiaba era plantar patatas. Nos daban un hilo tensado sobre la tierra y había que ir plantando patata tras patata en la línea. Yo siempre preguntaba a mi abuela:

-¿Hasta dónde tengo que plantar?. Y ella respondía con calma:

-Hasta donde ven tus ojos.

Pero mis ojos nunca veían el final.

Hoy, muchos años después, entiendo que no me estaba hablando de patatas ni de un campo. Me estaba hablando de la vida. Mi abuela no nos dejó riquezas. Nos dejó algo mucho más valioso: el ejemplo de que todo se consigue con tus propias fuerzas. Quizá por eso hoy, viviendo en otra tierra y en otro tiempo, sigo caminando sin miedo.Porque sé que puedo llegar hasta donde ven mis ojos. Gracias, abuela. 

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