Engaño urbano

Noelia Gabás Iriguibel

Publicado el 06/02/2026 a las 07:38

Me acuerdo de cuando mi abuelo me decía que no entendía por qué la gente quería irse del pueblo. “Aquí no falta de nada”, repetía con esa seguridad que solo da haber vivido lo suficiente como para saber qué es lo importante. Yo no le contestaba. Con ocho años, ¿cómo explicarle que en la ciudad la vida era completamente distinta? ¿Cómo hacerle entender que lo que él llamaba “no faltar de nada” era, para muchos, el epítome del aburrimiento? Ahora entiendo mejor lo que quería decir.

Nos enseñaron a despreciar los pueblos. Nos dijeron que el futuro estaba en las ciudades y que quedarse era estancarse. Nos convencieron de que el campo era atraso y que el progreso olía a hormigón, aunque ahora nos pasemos el día buscando en Airbnb una casita con chimenea en medio del monte para huir del estrés urbano los fines de semana. Nos vendieron la idea de que la ciudad era la única vía posible hacia una vida plena y moderna, pero se les olvidó contarnos que la ciudad también encierra soledad, ansiedad y precariedad.

Nos sorprendemos con el paisano que nunca ha cogido un avión, pero no del urbanita que no sabe de dónde viene la leche. Se desprecia la vida rural como si fuera de segunda categoría, como si la felicidad solo pudiera medirse en cantidad de oferta cultural y en la posibilidad de pedir un Glovo. Pero luego, cuando todo cruje, cuando la ciudad se vuelve asfixiante, los precios nos expulsan y el estrés nos invade, miramos al pueblo con otros ojos. De repente, la vida sencilla deja de parecernos tan cutre. De repente, la tranquilidad, el tiempo y la comunidad se convierten en lujos.

Y, sin embargo, seguimos atrapados en esa inercia que nos empuja a buscar la validación en lo urbano. Queremos la vida de pueblo sin el pueblo. Buscamos calles silenciosas, casas con jardín, productos ecológicos, pan de masa madre. Recreamos lo rural en la ciudad porque en el fondo sabemos que nos han arrebatado algo valioso. Pero pocos se atreven a dar el paso y volver. Porque nos han enseñado que irse es avanzar y regresar es rendirse. Y tal vez sea al revés. Tal vez, como tantas otras cosas, nos han engañado.

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