Cuando emprender deja de ser una opción
Publicado el 05/01/2026 a las 07:30
Cada vez resulta más evidente que algo no funciona en nuestro modelo económico y social. Los jóvenes no emprenden. O, mejor dicho, no se les anima a hacerlo. La aspiración mayoritaria hoy es encontrar un empleo estable en una gran empresa o en la administración pública. No es una crítica individual, es un síntoma colectivo.
La creación de empresas no solo no crece como debería, sino que se está empobreciendo en calidad. La mayoría de las nuevas iniciativas son microempresas o pequeñas pymes con escasa capacidad de competir, crecer o escalar. No estamos construyendo un tejido productivo sólido, innovador y con proyección de futuro. Estamos multiplicando estructuras frágiles, muy dependientes del contexto y con un horizonte incierto.Este modelo no genera campeones empresariales, ni innovación real, ni empleo de calidad sostenido. Y sin embargo, parece que nos conformamos. Nos tranquilizamos con cifras superficiales mientras el fondo del sistema se debilita.
Una de las causas es cultural, pero otra -y no menor- es política. No existen hoy ejemplos claros de dirigentes que hayan brillado por una gestión especialmente eficaz, ni por su visión económica a largo plazo. La política se ha convertido en una carrera para conservar el poder, no para transformar la realidad.
Aquí se legisla sin parar. Se controla, se regula, se restringe. Se implantan normas, leyes y procedimientos que, lejos de facilitar la actividad económica, la ralentizan, la encarecen y la desaniman. El resultado suele ser justo el contrario del que se proclama: menos iniciativa, menos inversión, menos riesgo y menos ambición.
Se ha sustituido el liderazgo por la administración del corto plazo. El impulso por el subsidio. La responsabilidad por la tutela. Un auténtico cloroformo social que adormece a la sociedad y penaliza a quien intenta salirse del guion.
Mientras tanto, los jóvenes aprenden pronto a exigir derechos, pero no se les enseña ni se les incentiva a asumir responsabilidades. Emprender no está bien visto. Fracasar no está permitido. Arriesgar está penalizado. Y así es imposible construir nada duradero.
Vivimos con la contradicción permanente de querer disfrutar de niveles de bienestar elevados, aspirar a estándares de vida propios de economías altamente productivas, y al mismo tiempo rechazar el esfuerzo, el riesgo y la iniciativa privada que los hacen posibles. Queremos vivir como si el crecimiento fuera automático y eterno, sostenido por un Estado omnipresente que siempre podrá pagar la factura. No será así.
La investigación, la innovación y ahora la inteligencia artificial se afrontan desde la óptica equivocada: regular antes que impulsar, limitar antes que invertir, controlar antes que liderar. Otros países y otros bloques económicos apuestan decididamente por el futuro. Aquí seguimos discutiendo cómo contenerlo.
Escribo esto desde la experiencia personal. Emprendí por primera vez con 18 años, en un contexto muy distinto al actual, con menos ayudas, pero también con menos trabas y con una percepción social mucho más favorable hacia quien intentaba crear algo propio. Cuarenta años después, puedo decir con orgullo que fue una de las decisiones más importantes de mi vida: me permitió equivocarme, aprender, asumir responsabilidades, crear empleo y entender de primera mano cómo funciona la economía real, no la que se diseña desde los despachos. Precisamente por esa experiencia, afirmo con convicción que hoy no volvería a empezar. No porque falten ideas, talento o ganas, sino porque el entorno actual desincentiva el riesgo, penaliza el crecimiento y convierte el emprendimiento en una carrera de obstáculos que muchos, con buen criterio, prefieren no correr.
No necesitamos más normas ni más discursos. Necesitamos dirigentes que lideren, que entiendan la economía real, que hayan gestionado algo más que un escaño, y que asuman que su responsabilidad es facilitar, no obstaculizar. Y sí, deberían ser los mejor pagados, para poder exigirles como tal. El problema no es que el emprendimiento esté en crisis. El problema es que hemos dejado de considerarlo una prioridad. Y las consecuencias, a corto, medio y largo plazo, serán demoledoras si no reaccionamos.