Una mirada a nuestros mayores
Publicado el 11/12/2025 a las 07:42
Llegan las Navidades y, según las circunstancias personales, se vivirán con ilusión, melancolía o indiferencia. No se trata de estropeárselas a nadie, pero hemos de recordar que mientras nos preocupamos por los sutiles matices del buqué del vino en nuestras cenas familiares, no solo en Sudán, sino en múltiples lugares del planeta, está presente el triángulo del hambre, con millones de niños que mueren por estar subalimentados. Seamos conscientes de esta espantosa herencia que nos lega el pasado y que mantenemos en el presente siglo, en el que, pese a todo progresismo, hemos añadido el incremento de la invisibilidad y soledad que, cuando menos en Occidente, padecen millones de ancianos con un resignado silencio.
Ser viejo es un trabajo duro para quien tiene por compañera a la prosaica soledad, incapacitada para acunar la vejez y encender la luz del verso. Navidad y soledad, para muchos mayores, se dan la mano. Hay emociones contrapuestas, como son los reencuentros o la tristeza por los seres queridos que ya no están. Con frecuencia el corazón de los ancianos da a un patio interior sin horizonte alguno. Quiere decirse, en suma, que en la etapa más delicada de la vida le metemos la tijera censora al cariño, a la proximidad y a la compañía. Así anda la moral del mundo, así nos recortamos unos a otros buscando el placer inmediato de nuestro tiempo lúdico que, erróneamente, ponemos en primera línea.
El retroceso sistemático que padecemos está llevando a la sociedad a aceptar grandes dosis de bazofia política y moral, así como a una disminución de la sensibilidad colectiva hacia quienes nos rodean. Regresa en la vejez la mirada párvula, ahora acompañada de las ojeras del tiempo y de un réquiem mundano por la belleza perdida de los minimizados y desacreditados sueños.
Son seres conocedores de estar ampliamente embarazados de recuerdos, mientras la inmensidad les va pisando los talones. La ciudad les ofrece sus bancos para sentarse a descansar sin cansancio, como estatuas metafísicas griegas, junto al arroyo del tiempo. Bancos que un día fueron para sentarse y amar, dando anchura y redondez al futuro, son ahora confesionarios de soledades. Hay momentos en los que se convoca a la vida y solo acude un silencio de bóveda, haciendo que el corazón, ese rojo equilibrista de pasión, vida y emociones, salte en el pecho con el riesgo creciente de caer al vacío. Vivimos un mundo preventivamente aséptico y estricto en el que se invisibiliza la individualidad personal; la historia se repite y los bárbaros toman un nuevo aspecto. La soledad, cuando no es elegida, calza a muchos ancianos con zapatos de plomo, y el espíritu pasea por suburbios desolados y remotos. Con frecuencia, el pensamiento de los mayores discurre por vegas más profundas, por un secreto y metafísico sendero de la vida.
Hay estímulos que, como invisibles rosas, brotan de la tibieza humana y de la hermandad verdadera del hombre, logrando alejar la nostalgia mortecina y empachosa. El fino y depurado esquema de la vejez ha de estar enriquecido por el recorrido vital, en cuyas estaciones hay que saber pararse para ir coleccionando cuantos tesoros van saliendo al paso, huyendo siempre de la vacuidad del egoísmo. Cada etapa de la vida requiere cuidados diferentes, y en todas debe prevalecer el amor.
El tiempo que se dedica a los ancianos es invaluable. Una caricia, una mirada, una charla, un beso, un abrazo, un te quiero, llevan a un sueño tranquilo y a un despertar animoso, en el que, entonces sí, se pueden valorar como positivas cuantas ofertas de ocupación ponga la sociedad a disposición del mayor, sin que la soledad invada sus aguas jurisdiccionales, logrando poner freno a la melancolía viajera. Hay que aflojar las bridas a la velocidad de nuestra vida. Hay que escuchar, tocar y amar con mayor calma e intensidad.