Creo en el esfuerzo, no en la suerte

Gerardo Castillo Ceballos. Doctor en Pedagogía. Profesor emérito de la Universidad de Navarra

Publicado el 29/11/2025 a las 09:27

Me acabo de encontrar con una inscripción mural en un gimnasio de Pamplona que dice así: “Le llaman suerte, pero es constancia; le llaman casualidad, pero es disciplina; le llaman genética, pero es sacrificio. Ellos hablan…tú entrena”. No he entrado nunca en un gimnasio. Pero el mensaje es tan convincente que he decidido hacerlo por primera vez. Me admira esta forma de marketing apelando a valores humanos, a diferencia de muchos anuncios publicitarios, que apelan a los instintos. He pensado poner un cartel similar en la puerta de mi despacho desmitificando a la suerte: “No es suerte, es, trabajo bien hecho, perseverancia, capacidad para levantarse y volver a empezar”. El objetivo es no atribuir mis posibles errores a la mala suerte. Maquiavelo dijo que la fortuna favorece a los audaces. Algunos pensadores llaman suerte al encuentro del talento con la oportunidad. La ciencia dice que todo lo que nos parece fortuito y aleatorio tiene una causa; lo único que pasa es que la desconocemos.

Muchos españoles confían demasiado en la suerte. Dos ejemplos: algunos ya no buscan trabajo; están esperando que llegue por un “golpe de suerte”. Otros inician con poco dinero la construcción de un inmueble, confiando en terminarlo con las quinielas o la primitiva. De todo ello se infiere que vivimos en una sociedad en la que se valora poco el esfuerzo. Se quiere todo aquí y ahora y, por tanto, sin esfuerzo. Nos estamos acostumbrando a lo fácil. Por ejemplo, basta pulsar un botón para conseguir casi todo lo que necesitamos diariamente. Pero esto conlleva un riesgo: ¿qué pasa el día que el botón no funciona? Pasa que nos sentimos inútiles. Del mismo modo, habituados a usar la calculadora para todas las operaciones aritméticas, ¿qué ocurre si un día está averiada? Descubrimos que se nos ha olvidado la tabla de multiplicar.

Unas palabras de Eugenio D’Ors en 1906 siguen siendo de gran actualidad: “Tal vez es ya hora de rehabilitar el valor del esfuerzo, del dolor, de la disciplina de la voluntad, ligada, no a aquello que place, sino a aquello que desplace”. En una época como la actual en la que se habla tanto de buscar la excelencia, ese objetivo está fuera de contexto, porque el contexto de la excelencia es la exigencia y el esfuerzo, tal como lo expresaba el adagio latino “per aspera ad astra” (el camino hacia las estrellas es un camino arduo). Carlos Llano ha escrito que en la búsqueda de la excelencia cuentan los resultados, pero eso no es lo más importante. Lo verdaderamente importante es el esfuerzo propio del trabajo bien hecho para conseguir esos resultados.

Un error actual es anteponer la espontaneidad al trabajo reflexivo y esforzado. Por ello se necesita motivar y educar para el esfuerzo. Es un aspecto clave de la educación de la voluntad, que se forja en la superación de dificultades.

Algunos padres de ahora acuden al colegio para quejarse de la excesiva exigencia de los profesores; actúan como abogados defensores de sus hijos. El resultado de la tolerancia excesiva es niños caprichosos, inseguros y sin voluntad, que no están capacitados para afrontar los problemas de su vida; les falta entrenamiento en afrontar dificultades por sí mismos y les sobra aversión al esfuerzo. La cultura del esfuerzo es el camino obligado para desarrollar el talento y la creatividad. No hay nadie brillante que no tenga tras de sí muchas horas de esfuerzo y entrenamiento.

Adoptar la cultura del esfuerzo significa asumir la responsabilidad de nuestras acciones y aprender a ver los fracasos como una oportunidad de crecimiento.

Es muy aconsejable que padres y profesores presenten el esfuerzo como algo positivo. Por ejemplo, lo natural es esforzarse; lo que vale es lo que cuesta; la vida es problema y la lucha es la condición esencial del éxito; la mayor de las satisfacciones es el descanso merecido.

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