La gran contradicción del deporte escolar

Un niño, en un campo de fútbol
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Un niño, en un campo de fútbol

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Javier Iriarte

Publicado el 28/10/2025 a las 05:00

El deporte en la escuela, especialmente en la etapa adolescente, debería ser un pilar fundamental en la transmisión de valores como la inclusión, la disciplina y el trabajo en equipo. Sin embargo, lo que ocurre en muchos centros educativos privados -incluso aquellos con concierto económico y una misión formativa clara- a menudo contradice esta premisa.

Recientemente conocí un caso que ilustra esta preocupante deriva. Un joven de 14 años se inscribe en el equipo de fútbol extraescolar de su colegio. Su intención es sencilla y noble: compartir tiempo con sus amigos, desarrollar una afición y hacer ejercicio. Sus padres abonan la cuota, y él cumple, asistiendo con total puntualidad a cada entrenamiento.

La decepción llega con cada jornada de partido. El niño es sistemáticamente desconvocado. La única comunicación del entrenador es una frase lacónica y vacía de contenido: “Lo siento, para mí es muy duro decidir”. El patrón es evidente: un grupo fijo de alumnos juega siempre la totalidad del encuentro, mientras otros, que también han pagado, entrenado y se han comprometido, quedan perpetuamente en la grada.

La mercantilización de la formación. Aquí reside la gran contradicción. En un equipo profesional, como Osasuna o cualquier otra entidad de élite, la selección y los criterios de participación son estrictamente deportivos, orientados al rendimiento. Es parte de su misión. Pero la misión de un formador en un colegio es radicalmente diferente: es pedagógica y formativa. El fútbol extraescolar no es un campo de pruebas para la Liga de Campeones, sino un espacio para:

1.Garantizar la Participación de todo el alumnado que ha invertido su tiempo y el dinero de sus familias.

2.Inculcar el Concepto de Equipo y rotación, enseñando que cada miembro es importante, juegue diez minutos o noventa.

3.Reforzar la Salud Mental y la motivación, en lugar de generar frustración, exclusión y desilusión en jóvenes que necesitan crecer y relacionarse a través del deporte.

No es aceptable que un educador utilice su posición para discriminar y apartar a jóvenes que están en una etapa crucial de su desarrollo emocional. Al convertir la actividad extraescolar en una competición obsesiva por la victoria, se está sacrificando la formación personal del alumno en el altar de un marcador irrelevante. El deporte escolar debe ser un factor de integración y estímulo, no una fuente de exclusión. Es imperativo que las direcciones de los centros revisen y controlen los criterios de sus monitores para asegurar que las actividades extraescolares de fútbol cumplan con su verdadero objetivo: ser un espacio educativo, inclusivo y positivo para todos los alumnos, sin excepción.

Javier Iriarte

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