El precio de separar la política de la ética

Gerardo Castillo Ceballos

Publicado el 06/10/2025 a las 07:38

La política puede ser una de las tareas más nobles, pero puede convertirse también en la más despreciable de ellas. Esto último sucede cuando los valores éticos son desplazados por el egoísmo y la codicia.

Coincido con el sociólogo Amando de Miguel en que la codicia es algo más que el deseo de acumular riquezas, propio del avaro. La codicia necesita provocar la envidia de los demás. Una vez desatada, la codicia no tiene límite. El codicioso siempre se compara con otro que posee más.

En un momento en el que los casos de corrupción en cargos públicos están a la orden del día, parece más necesario que nunca descubrir y combatir sus raíces más profundas e implementar la formación en ética política, porque la práctica de la política sin ética pierde su función de servicio público.

Pero esa posible tarea de limpieza cívica y moral choca con un primer muro: la corrupción, al estar tan generalizada, genera una actitud social de acostumbramiento y de denominaciones eufemísticas. Por ejemplo, “no fue un robo, sino un error, una mala gestión”. “No fue una comisión, sino un descuento que me hicieron a mí por motivos de amistad”.

Por eso no está de más recordar y difundir el concepto de corrupción: “es el mal uso del dinero público por parte de políticos y funcionarios y su desvío ilícito hacia el beneficio personal o privado”.

La corrupción daña la credibilidad de las instituciones públicas y causa serios perjuicios económicos a los ciudadanos, que sufren el deterioro de algunos servicios públicos, como, por ejemplo, el de Sanidad.

La ética y la política están intrínsecamente relacionadas. La ética proporciona los principios morales que deben guiar la acción, mientras que la política se encarga de aplicar normas y principios en la gestión.

Aristóteles no concebía la política separada de la ética. Afirmaba que quienes aspiren a ejercer cargos políticos deben ser personas de mérito moral, lo que significa estar en posesión de ciertas virtudes. Un político sin prudencia puede precipitarse al tomar una decisión; un político sin ecuanimidad puede errar al actuar bajo la emoción.

La política sin ética genera corrupción. Cuando las personas carecen de valores éticos son potencialmente propensas a corromper el poder público haciendo un uso indebido de este. La separación de la ética y la política ha conducido siempre a la humanidad, a situaciones de injusticia.

La política no solo debe ser honesta. También debe velar para que la ciudadanía posea recursos que faciliten su propia reflexión moral, como medio para conseguir una sociedad sana y una convivencia pacífica.

La ética y su relación con la política debe estar presente en cualquier plan de estudios de ciencias sociales y políticas, puesto que no es posible llegar a ser un buen gestor público sin contar con unos sólidos principios deontológicos.

Es muy difícil acabar con corrupción. Para conseguirlo habría que cortarle las cinco cabezas a la vez: política, económica, judicial, cultural y personal.

La prevención del tóxico de la corrupción empieza en la familia. En ella aprendemos, desde la infancia, a practicar valores éticos: ser honrados, solidarios, generosos, responsables, respetuosos, leales, etc. Aprendemos por impregnación de una buena forma de vivir basada en los buenos ejemplos y en los buenos testimonios.

Gerardo Castillo Ceballos, doctor en Pedagogía, profesor emérito de la Universidad de Navarra

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