Dolor compartido y silencio cómplice con el genocidio en Gaza

Muskilda Elorduy Aznárez

Publicado el 15/09/2025 a las 07:45

Todas las mañanas, mientras tomo mi café y veo las noticias, salgo de casa temblando. Escribo esto con el alma conmovida. No soy experta en geopolítica ni pretendo tener todas las respuestas. Solo sé lo que siente un ser humano cuando ve a otros morir bajo bombas, entre ruinas, con el miedo tatuado en la piel. El 7 de octubre de 2023 fue un día de horror. No tengo palabras suficientes para condenar lo que hizo Hamás en Israel. Ninguna causa, ninguna bandera, justifica la masacre de civiles, el secuestro de niños, el terror sembrado entre familias inocentes. Me partió el corazón ver ese sufrimiento.

Pero hoy también me duele -con la misma intensidad- lo que está pasando en Gaza. Me duele ver cómo se responde al dolor con más dolor, a la muerte con más muerte. Sufro viendo barrios enteros, hospitales y escuelas borrados del mapa. Sufro al ver a niños que ni siquiera conocían a Hamás crecer en medio de fuego, sin padres, sin comida, sin salida.

Me duele comprobar cómo, desde muchos gobiernos, se siguen justificando acciones con consecuencias devastadoras. Cómo se repite el término “legítima defensa” cuando la mayoría de las víctimas son civiles y muchos son niños. ¿Qué parte de esto es defensa legítima y qué parte puede considerarse castigo colectivo?

Los líderes israelíes tienen el deber de proteger a su gente, sí, pero no a costa de la humanidad. No a costa de arrasar a un pueblo entero. Un Estado debe responder con un nivel distinto al de un grupo armado: la forma en que se defiende también lo define.

El silencio o el apoyo sin cuestionar las consecuencias reales de esta guerra de los gobernantes del mundo, especialmente los de Occidente, puede interpretarse como indiferencia ante una tragedia humanitaria.

Hoy hablo desde el miedo a que la humanidad desaparezca en silencio. Hablo desde el amor a la vida, a todas las vidas, sin importar a qué Dios recen, qué idioma hablen o en qué tierra nacieron. Quiero creer que aún hay espacio para la compasión y la cordura, para decir “basta” antes de que esto no tenga remedio.

Porque no hay paz sin justicia, ni seguridad verdadera si otros viven bajo amenaza constante. Todos los pueblos merecen vivir. Invito a los lectores a la reflexión y a la unión que permita una solución sin demora. Un pueblo unido puede presionar a quienes toman decisiones. Muchos pueblos unidos pueden cambiar el mundo.

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