¿Nuevas libertades?
Publicado el 27/05/2025 a las 07:35
Actualmente, nos encontramos en una etapa vital en la que, día tras día, estamos inmersos en una batalla constante. Una batalla silenciosa que ninguna generación anterior ha tenido que librar de esta manera: la de la pérdida de libertades. Es una lucha que no abre portadas en los periódicos ni es tema candente de debate en Twitter. Resulta muy difícil hablar de esto con alguien, porque parece algo irreal. ¿Falta de libertades? ¿Cómo puede ser? Si yo tengo la potestad de hacer lo que quiera, vestir como me apetezca, viajar adonde me plazca o publicar mis pensamientos en la red de turno sin ningún tipo de filtro.
Pues bien, ahí está el quid de la cuestión. ¿Cómo es posible que, en la época en la que supuestamente somos más libres, se nos infunden cada día nuevas “libertades” que, en realidad, no son más que barrotes añadidos a nuestra jaula de oro? Muchas de estas nuevas libertades vienen acompañadas del culto al individuo como centro absoluto de la vida. Se nos han vendido como envoltorios de progreso, perfumados con la fragancia de la autonomía personal. Nos han convencido de que la cúspide de la emancipación humana reside en la adoración del yo, en el ejercicio ilimitado de los caprichos - disfrazados de derechos- y en la entronización de la voluntad personal por encima de cualquier otra instancia, ya sea moral, comunitaria o trascendente.
Nos sentimos libres para adquirir camisetas a céntimos de euro, ignorando - con una indiferencia cómplice- que han sido confeccionadas por manos infantiles en las cloacas industriales de Bangladesh. Pero no importa, porque esa camiseta nos permite exhibir una falsa rebeldía en Instagram, donde alimentamos la imagen de un yo pulido.
Somos libres, sí, para ingresar a nuestros ancianos padres en residencias donde languidecen, para que no estorben nuestro ritmo trepidante de vida moderna, ni interfieran en nuestros rituales de evasión, como los dos viajes anuales - low cost, por supuesto, porque el sueldo da para poco más- con los que pretendemos anestesiar el sinsentido de nuestras jornadas. Y, como colofón macabro de esta libertad degradada, se nos concede incluso la potestad de renunciar a la vida cuando esta nos parezca tediosa o inútil. Si un día el hastío nos atrapa, si la existencia se nos vuelve insoportable - no por hambre, ni por guerra, ni siquiera por una enfermedad, sino por pura fatiga del alma-, se nos presenta la eutanasia como último acto de libertad, como una salida digna, cuando en realidad es el triunfo más perfecto del nihilismo contemporáneo.
¿Y a esto nos atrevemos a llamarlo libertad? ¿A esta acumulación de renuncias, a esta sustitución de vínculos por caprichos, de deberes por apetencias, de sentido por comodidad? No. Esto no es libertad. Esto es esclavitud con disfraz de elección, servidumbre adornada con selfies y eslóganes vacíos, degradación revestida de modernidad.