Respeto institucional a los católicos

Nicolás Iribas S. de Boado

Publicado el 21/05/2025 a las 07:28

Recientemente se ha inaugurado una exposición en el Parlamento de Navarra denominada “Inmatriculaciones”. La página web de esta institución dice que “se busca sensibilizar al público sobre la necesidad de dar solución al fenómeno de las inmatriculaciones y la recuperación de todo el patrimonio usurpado por la Iglesia católica, que en el caso de Navarra alcanza la cifra de los 3.000 bienes”. En el acto de inauguración, el presidente del Parlamento de Navarra subrayó el “inmenso y buen trabajo” que han realizado la Plataforma de Defensa del Patrimonio Navarro y las entidades locales “en defensa de lo público, de nuestro patrimonio, de nuestra historia” (perdón: de ¿nuestro patrimonio?, ¿de quién? No hemos visto esos miles de sentencias declarando la “usurpación”).

Sería posible argumentar la cuestión de fondo con fundamentos de mayor rigor que lo que cabe esperar de un representante de tan alta institución, pero vayamos a la exposición en sí. En ella se falta al respeto a los católicos en la caricatura que se hace de los obispos y de lo sagrado (cabe esperar desde ahora el argumento de la libertad de expresión que casi siempre ampara determinadas conductas de cierto signo, que con distintos protagonistas se califican de ataque intolerable a la democracia y las libertades). Esto denota una gran hipocresía y una profunda cobardía. Porque -lo sabemos todos, y también nuestros representantes- no se actuaría así absolutamente con ningún colectivo mínimamente relevante en la sociedad. Con ninguno. Ni, por supuesto, con otras religiones. Y de ello son conscientes nuestros “valientes” representantes de la voluntad popular, que buen dinero nos cuestan (¿o deberíamos decir “nos usurpan”, con similar rigor al suyo?).

Despreciar a quienes pertenecemos a la religión mayoritaria en Navarra (más de la mitad de la población, estadísticas oficiales), y hacerlo desde la atalaya de las instituciones públicas, aparte de ser injusto e irresponsable, no parece la mejor manera de promover la supuesta convivencia que predican. Porque no dejamos de escuchar en grandilocuentes declaraciones lo preocupante que a nuestros gobernantes les resulta el populismo, la polarización social, etc. Permítaseme la pregunta (retórica): ¿qué credibilidad cabe esperar de unos representantes que actúan de esta manera?

Me parece oportuno traer aquí un texto de mediados del siglo II d.C. pero muy actual, que sirve de introducción a la reciente carta pastoral de los obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria con ocasión de la Cuaresma y Pascua de 2025 (“El contraste paciente. Repensando la relación Iglesia-Mundo”): “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres (…). Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y así reciben la vida. Son pobres y enriquecen a muchos; carecen de todo y abundan en todo. Sufren la deshonra y esto les sirve de gloria; sufren afrentas a su fama y ello atestigua su justicia. Son maldecidos y bendicen; son tratados con ignominia y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien y son castigados como malhechores; y, al ser condenados a muerte, se alegran como si les dieran la vida”. (Autor anónimo, Carta a Diogneto, en Padres Apostólicos, Ed. Clie, Madrid, 2018).

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