¿En-vejecimiento o en-mayoramiento?

Jesús Hernández Aristu

Publicado el 19/05/2025 a las 07:20

El otro día, cuidando a mi nietico de 4 años, le insté a tener cuidado al subir al columpio de “mayores”, a lo que me contestó: “Abuelo, yo ya sabo”. De inmediato le corregí, argumentando que los mayores, y él lo es ya, decimos “yo ya sé¨. Impertérrito, me contestó: “Yo ya sé que sabo”.

Una de mis pasiones ha sido durante mi vida profesional el lenguaje. Entre otras razones, porque me he ganado la vida gracias al lenguaje, a hablar. Desde mis primeras clases como maestro hasta el último de mis asesoramientos a personas, organizaciones y equipos ha sido la palabra el instrumento del que me he servido. Hasta he dedicado varias de mis obras científicas a lo que llamamos “comunicación interpersonal”. Y es que las palabras no son cualquier cosa, nos distinguen como especie humana frente a otros seres vivos que dan voces (sonidos), pero no hablan, ni desarrollan el lenguaje… La palabra nos permite transmitir a otros la realidad, e incluso nos posibilita cambiarla.

En honor a la verdad, la palabra nos ayuda también a encubrir, emborronar o distorsionar la realidad, y eso, al mismo tiempo. Ya hubo un sociólogo (Luhman) que nos dijo que la palabra encubre más que descubre la realidad y que hay que estar atentos en la comunicación, más a lo que no se dice que a lo que se dice. Y concluyó que cada comunicación (intercambio de palabras) es una selección de lo que podríamos haber dicho. En los últimos tiempos observo que hay una tendencia, cada vez más acentuada, a cambiar las palabras para describir, expresar o señalar realidades cada vez más complejas de percibir, de distinguir y por ende de expresar. Si a eso añadimos que además de la realidad física, temporal (sean estas lo que sean) que percibimos por nuestros sentidos, hay otra que llamamos virtual no me sorprende que un autor de la Escuela de Palo Alto, Hora, dijera que: “de lo que nos tendríamos que admirar cuando hablamos, no es tanto de que no nos entendamos, sino de que, a pesar de todo, nos entendamos”. Pues, ¡menos mal!

Desde que las Naciones Unidas (1990) proclamaran el día internacional de los mayores se ha generalizado el uso de esta palabra para referirse a las personas que han cumplido más de 60 años. En estos tiempos de tanta confusión lingüística usar la palabra “mayores” para referirse a personas con 60,70, 80 años y más tiene algunas ventajas: evita aplicar conceptos como viejos o viejas a las personas. Viejos son objetos, las cosas, los cacharros, conceptos cargados, de negatividad, se argumenta. Además el término “mayor” permite designar al mismo tiempo a todos los hombres y mujeres mayores y evitar el tedioso /os, /es, /as. Imagínese el/la lector/a que hiciera yo al escribir esta distinción y hablase de mayores, mayoros y mayoras. Me temo que no seguiría leyendo el texto. Por eso está bien lo de “mayores” para crear una imagen positiva de la edad y saber que esos millones de personas engloban un colectivo, el de los mayores. Pero al mismo tiempo me pregunto: ¿qué encubre esa denominación, qué pretende que no sepamos, que no entendamos, qué no descubramos, o qué es lo que no dice? ¿Es solo la edad lo que hace la diferencia? O, ¿tenemos que mirar también otras circunstancias que hace que alguien sea mayor sin haber llegado a los 60? Y qué queremos decir cuando decimos que nuestros hijos son ya mayores, y cuando preguntamos a alguien, qué vas a ser tú de mayor? Y, ¿en qué se nota que una persona es o no mayor? Y, ¿si el término viejo o vieja describe mejor la situación en la que viven (vivimos) muchos de los llamados mayores?

Sin haber podido responder a tanta pregunta me encuentro con que también yo soy mayor. ¿Sí?. “Más antes” nuestro colectivo de los mayores eran “sabios” y conformaban el “consejo de ancianos/as”. Así que por si acaso, quiero yo seguir siendo viejo y unirme a la “advertencia” de la poetisa Jenny Joseph: Cuando sea vieja/o vestiré de morado, llevaré un sombrero rojo que no pegue con mi vestimenta, iré con zapatillas por la calle, me sentaré en el bordillo de la acera, llevaré zapatos de distintos colores en cada pie, llevaré el pantalón mojado, aunque no llueva, me beberé un vaso de vino contra la prescripción del médico… y aconseja Jenny : empezar ya, para que cuando llegue ella a ser vieja, la gente no se extrañe cuando la vea de esa guisa.. Así que concluyo: prefiero estar en-vejez-siendo que en-mayor-ando.

Jesús Hernández Aristu, viejo profesor de la UPNA.

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