España a oscuras y sin rumbo

Carlos Jiménez Ruiz

Publicado el 14/05/2025 a las 07:23

En España ya no nos gobiernan políticos, nos gestiona un gabinete de expertos en excusas. Y últimamente, ni eso. El reciente apagón que dejó al país a oscuras no fue solo eléctrico, fue institucional. Una metáfora perfecta del estado del Gobierno de Pedro Sánchez: sin luz, sin dirección, sin plan. Solo discursos vacíos, frases huecas y una capacidad de reacción que haría palidecer al servicio de atención al cliente de una operadora telefónica.

Porque no nos engañemos. Lo del apagón no es un accidente más, es el síntoma de un modelo que hace aguas - o mejor dicho, que se queda sin corriente - cada vez que la realidad llama a la puerta. Ocurre un fallo masivo en la red eléctrica, colapsa el suministro, media España se queda sin luz… y en La Moncloa, silencio administrativo. Tardaron horas en dar una explicación, más o menos creíble, y cuando la dieron, fue casi poética: una “desconexión sincronizada”, como si Red Eléctrica hubiese decidido hacer meditación guiada con las centrales hidroeléctricas. Todo muy zen. Muy resiliente que dicen ellos. Y mientras millones de españoles comprobaban que sus móviles se convertían en pisapapeles y sus frigoríficos en incubadoras de bacterias, el presidente se limitaba a celebrar que “no fue el fin del mundo”. Hombre, gracias por el consuelo, pero cuando uno gobierna un país de 47 millones de personas, se espera algo más que la calma estoica de un monje budista. Se espera gestión. Prevención. Coordinación. Esas cosas aburridas que hacen los gobiernos cuando funcionan. Pero claro, si estás demasiado ocupado defendiendo que las renovables son el futuro (que lo son, pero no así), o culpando a conspiraciones nucleares imaginarias, se te escapan los detalles. Como por ejemplo, garantizar que el sistema eléctrico no colapse por un fallo. O tener un plan B. O, al menos, una linterna.

Y si la luz se va, el tren, directamente, ni aparece. La gestión ferroviaria de este Gobierno es un chiste sin gracia. En las últimas semanas hemos visto cómo el caos se adueñaba de las vías. Sabotajes, robos de cobre, averías constantes, retrasos interminables. El Ministerio de Transportes, lejos de reconocer errores, ha optado por la estrategia clásica de mirar a otro lado y culpar al karma. Eso sí, cuando por fin reaccionan, todo son promesas y declaraciones solemnes. “Esto no puede volver a pasar”, dice Sánchez. ¿Y qué va a hacer para que no vuelva a pasar? Nada. La última vez que toco este Ministerio fue para poner al frente del desastre a Óscar Puente, cuya principal habilidad es tuitear rápido y mal. El nivel de descoordinación es tal que uno se pregunta si hay alguien al volante. O si el tren de este Gobierno va directo hacia el precipicio mientras los maquinistas juegan a ver quién tiene la culpa de la próxima avería. Porque no es solo que el servicio público de trenes sea indigno de un país europeo en 2025; es que la reacción del Gobierno ante su colapso es aún más preocupante. Silencio, opacidad y una fe ciega en que la propaganda lo arregla todo. La fórmula es sencilla: si algo falla, negarlo; si la gente se queja, acusarlos de alarmistas; y si ya no cuela, culpar al neoliberalismo, al cambio climático o a la oposición. Y así vamos tirando. Lo más trágico es que a fuerza de resignación, los ciudadanos, en general, han dejado de esperar soluciones, creo. Ya no pedimos trenes puntuales, ni luz garantizada. Solo pedimos que cuando las cosas se hundan, al menos nos digan la verdad. Pero ni eso. Aquí todo se gestiona con un “todo está bajo control” mientras las catenarias arden y los cables se derriten. España necesita muchas cosas, pero sobre todo necesita un Gobierno que deje de vivir en campaña y empiece a vivir en el mundo real. Uno que no confunda sostenibilidad con precariedad, ni planificación con improvisación, ni gobernar con resistir. Porque si seguimos así, pronto no solo nos quedaremos sin trenes ni electricidad. Nos quedaremos sin paciencia. Y cuando eso ocurra, ni los hashtags ni los discursos de investidura servirán de excusa.

Carlos Jiménez Ruiz, presidente de NNGG Navarra

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