Las ruinas de Pompelo
Publicado el 18/03/2025 a las 07:49
El poeta español del Siglo de Oro, Francisco de Quevedo, meditando sobre lo evanescente y lo permanente en la Ciudad Eterna, señala: “Sólo queda el Tíber, cuya corriente, si un día la bañó como una ciudad, hoy la llora con un sonido fúnebre. En Roma, de lo que creíamos invencible, sólo quedan ruinas, mientras que lo que está destinado a fluir, a pasar por el río, es precisamente lo que ha vencido al tiempo”. Pompelo, como ciudad romana, fue el símbolo de una civilización, que pretendía ser universal. De Pompelo permanece lo fugitivo, lo huidero. Se queda lo que pasa. Se asienta lo que fluye como un río, el Arga. La ciudad se construyó pensando en la defensa, en la guerra, en el comercio, en la agricultura, como sucedió con muchas urbes europeas , que tenían que apretujarse dentro del cinturón de la muralla. Ahora Pompelo permanece sepultada en sus ruinas, que son la memoria de aquella arquitectura, trazas materiales indelebles, y de la retentiva de lo esencial que allí hubo. Las piedras y objetos materiales son testigos mudos y elocuentes de este misterio que genera fascinación. Una conocida máxima dice, que la arquitectura es música congelada. Hay que excavar. La cultura es una acumulación de sustratos en los que hay que perforar para comprender el significado de las actitudes del presente. La recuperación de las llamadas “piedras vivas” constituye la vida perdida, que rescatamos con la mirada: “las ruinas , es decir, lo que queda de la Historia, o si se prefiere, una Historia sin fechas y sin nombres, la lección más sabia y cruel del tiempo: la de que todo pasa . La lección de las ruinas fértiles” (A. Colinas).
Tras la caída del Imperio Romano, Pompelo entra en un proceso de inseguridad y aislamiento. Se repliega sobre si misma, mantiene la vitalidad menguada respecto a la época anterior. A finales del siglo III la morfología y estructura urbana comienza a deteriorarse. Y en los siglos posteriores no hubo cambios significativos. Se mantuvo la continuidad del trazado , la persistencia de las vías, calles y plazas, la supervivencia del plano, las transformaciones de edificios, la renovación arquitectónica edificio por edificio sin modificar las parcelas. Es lo que Pierre Lavedan llama el fenómeno de la persistencia de los planos. Aparece una atmósfera de indefensión tras el fin de la pax romana, un hundimiento aparente de la civilización clásica. Las invasiones bárbaras, la expansión islamista y los desbarajustes sociales inherentes a la imposición de los tres órdenes jerárquicos del feudalismo: bellatores, oratores y labradores son algunas de las causas de la caída . Cayó el Imperio Romano, pero permaneció el latín, algo fundamental que no puede olvidarse: “el latín nos hace libres, es un instrumento de libertad porque forma ciudadanos con más conocimiento, por tanto, con más capacidad de decisión y, por tanto, críticos y libres” (E. del Río).