Ventanas sin estrellas
Publicado el 08/10/2024 a las 07:22
La fantasmagoría y el extravío se han apoderado de la realidad, en la que el nihilismo contemporáneo está embarullando y falsificando, en un engañoso vaivén, la situación global de la infancia, tan brutalmente vulnerada en su inocencia y fragilidad, haciendo apremiante la mirada y acción de todo el orbe. Al igual que en la obra ‘Todos eran mis hijos’, de Arthur Miller, la humanidad soporta un pozo de dolor, culpa y negación que esconde un necesario debate sobre los límites de nuestra moral. Si queremos hablar de progreso o progresismo, hemos de ponernos de pie ante el empañado espejo de la evolución darwiniana, ante la falsa e impostada ética, tomando conciencia de que millones de niños se asoman a ventanas sin estrellas. La elocuencia de la inacción encuentra su verbo en este decadente estancamiento en el que la vida se vive a sí misma sin que el ser humano se involucre en eliminar la amoralidad que le rodea. Todo niño es una puerta de entrada a la esperanza de un mundo armonioso y humano; su sonrisa, su tibieza y su fiel caricia convocan con alegría cada nuevo amanecer. En la bóveda ciega en la que permanecen muchos gobiernos del planeta sigue estando presente el eco de la violencia ejercida hacia la infancia, tan carente de equidad, sin poner en valor que en esta etapa de la vida se enciende la única lámpara que alumbrará el futuro de las nuevas primaveras. El mundo tiene y siente el corazón sudado al mirarse las manos ennegrecidas por este fuego de irresponsabilidad e insensibilidad que le impide ver y respetar como sagrada la belleza de la felicidad infantil, como el necesario reflejo de una luna en el agua. Los seres humanos, sometidos a la ciencia del subconsciente, construyen su historia sobre los cimientos de la infancia, evidencia que no precisa lentes freudianas ni psicoanalíticas en este disparate interplanetario en el que las puertas del infierno infantil tienen nombres como la Franja de Gaza, Burkina Faso, República Democrática del Congo, Myanmar, Somalia, Siria, Afganistán, Ucrania y, como puerta principal, Sudán, considerado el peor país del mundo para los niños, sin olvidarnos de las múltiples puertas secundarias de este infierno en el que la infancia se ve amenazada por las execrables plagas que propicia el hombre: violencia física y psicológica, reclutamientos como soldados, asesinatos, amputaciones, violaciones y abusos sexuales, desatención, explotación comercial, matrimonios forzados, infecciones por transmisión sexual, estrés postraumático, embarazos no deseados, trastornos ginecológicos, desnutrición severa, falta de escolarización, desplazamientos por conflictos, preeminencia de enfermedades evitables con vacunas… Millones de niños padecen en este mundo lo que algunas religiones prometen como castigo de ultratumba. Buscar la bondad es buscar todos los géneros de la sabiduría humana. Debemos tomar declaración a nuestra conciencia y saber si, a través del conocimiento, aplicamos la ley de la humanidad. La infancia, durante su proceso evolutivo, condiciona la percepción futura del mundo, la inteligencia emocional y analítica y el propio concepto de supervivencia. El menor precisa un proceso racional, emocional y corporal que sea cálido y consistente. Los niños han de poder prestar su mano a la mano adulta con total entrega, sabiendo que cada amanecer les traerá la belleza de la vida y el anuncio del descenso de los días hacia las noches placenteras, sin sombras que mancillen sus sueños. La Tierra sigue girando sobre su eje ignorando el descentramiento de la raza humana que, al igual que las polillas, sigue abrasándose en falsas y deslumbrantes luces.
“Estos días azules y este sol de la infancia” fueron las palabras escritas que se encontraron en la chaqueta de Antonio Machado el día de su muerte, en Colliure. Cuando todos los niños del mundo, tras su infancia, puedan sentir con nostalgia y dulce placidez estas palabras, podremos hablar del avance y progreso de nuestra especie.