Campanas

Ignacio Janín

Publicado el 09/09/2024 a las 07:18

Hace algún tiempo alguien denunciaba en este periódico la moda de “que la chavalería vaya por la calle con unos aparatos atronadores escuchando sus ‘músicas’ a todo trapo con absoluta falta de respeto y urbanidad”. Seguidamente -y en flagrante contradicción- reivindicaba “el toque de campanas en nuestros pueblos y ciudades” e incluso, de forma sorprendente, animaba a bandearlas “sin complejos”, expresión que sólo cabe traducirla como: ‘sin que importe un bledo qué opine la gente’. Y es que, dicho así, el grave problema de la contaminación acústica quedaría reducido a una cuestión de gustos personales. “Contaminación y ruido -decía Miguel Fernández Palacios en otra ocasión- matan. Aire limpio y poco ruido benefician la salud y el medio ambiente”.

No se entiende que, tras descalificar a quien pone demasiado alta su música en la calle (cabría decir algo parecido de unos cuantos acordeonistas y músicos callejeros), se exalte el toque de campanas. Estas tenían sentido cuando no había relojes, ni existían la tecnología y los medios actuales, cuando además de llamar a misa anunciaban la muerte de un vecino, la llegada de la tormenta o el incendio de una casa. Y aún lo tienen, por supuesto, para realzar una celebración especial, como lo tienen los fuegos artificiales, que también hacen mucho ruido, pero sólo se queman en las grandes ocasiones. El toque habitual, que es el que a lo largo del día se limita a anunciar que va a empezar otra misa, ha perdido hoy toda justificación. Ya sé que la réplica consiste en que se trata de un sonido entrañable con siglos de tradición. Pero es que, además de conmover, lo que las campanas hacen sobre todo es ruido. Un ruido que puede resultar molesto y que actualmente no tiene utilidad alguna.

Que el sonar de las campanas se considere algo enojoso y se prefiera tenerlas bien lejos no es cosa de hoy. Según Juan José Martinena en reciente artículo aparecido en estas páginas, ya en 1537 los regidores de la Navarrería se oponían a que se levantara la nueva casa de las Audiencias Reales entre el burgo y la población, alegando que “eran calles ‘donde hay muchos oficiales que hacen mucho ruido, como los cerrajeros, herreros y caldereros, que será mucho el ruido para las dichas audiencias’. Hasta las campanas de las iglesias se señalaban como inconveniente, ya que ‘muchas veces han de parar los negocios cuando tañen’”.

La contaminación acústica actual es el resultado de la acumulación de los ruidos generados por distintos elementos emisores como pueden ser el tráfico rodado y aéreo, las obras públicas, la industria, la construcción, la megafonía en espacios tanto abiertos como cerrados, los alborotos y las músicas callejeras, las alarmas, las sirenas de ambulancias y policía, los ladridos de los perros, las campanas y muchos más. Entre tanto estrépito como nos rodea es claro que algunos ruidos son prácticamente inevitables. Pero el de las campanas no, porque es seguramente el único de entre los reseñados que resulta totalmente prescindible. Ignoro si se producen quejas por parte de los vecinos que, viviendo cerca de una iglesia, puedan sufrir jaquecas, hallarse enfermos, necesitar dormir por trabajar de noche o simplemente estar preparando un examen o viendo una película. Tampoco sé si el hecho de hallarse una vivienda junto a un templo puede afectar a su valor en el mercado.

En cualquier caso, sería de agradecer que quien tenga potestad para hacerlo, sin esperar otro tipo de presiones, tomase la iniciativa para reducir de forma significativa las rutinarias llamadas a misa y para limitar las ocasiones en que proceda lanzar las campanas al vuelo.

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