Violencia masticada

Iñaki Zabaleta Iraizoz

Publicado el 07/09/2024 a las 08:44

La vida tiene a veces extrañas formas de arrancarnos de la rutina. Esta madrugada, he sido espectador de algo que parecía parte de un guión repetido, pero nunca menos cruel. Me hallaba yo de vuelta a casa, armado con un paraguas a la altura de la Avenida del Ejército. Sucedió rápido, como si el tiempo no encontrara reloj. Lo vi todo desde la oscuridad, desde mi rincón de testigo involuntario. La escena, aunque no sangrienta, fue brutal en su simplicidad. Un portero de discoteca, con un par de puñetazos y agarrones, impuso su autoridad sobre un joven tambaleante. No fue una paliza brutal, no hubo sangre ni gritos que desgarran el aire, pero la violencia, aunque sutil, seguía siendo violencia.

En esos golpes secos, no vi solo un abuso de poder, sino un reflejo de nuestra sociedad: un portero que no ve a una persona, sino a un estorbo; un joven que no encuentra en su camino más que rechazo, y yo, un testigo mudo, inmovilizado por la costumbre. La verdadera herida no está en los nudillos del portero ni en el cuerpo del joven, sino en la indiferencia que permite que esos momentos se repitan, una y otra vez. Nos hemos convertido en testigos silenciosos de nuestra propia decadencia, espectadores de una obra en la que todos los días alguien recibe su ración de golpes, aunque sean pocos, aunque no parezcan letales. Porque lo letal es lo que no vemos, lo que aceptamos sin pestañear: la brutalidad como método, la fuerza como razón.

¿Hasta cuándo aceptaremos este teatro de la violencia cotidiana? ¿Hasta cuándo permitiremos que el silencio sea nuestra única respuesta? Al final, no importa cuántos puñetazos se den, si seguimos aceptando que los problemas se resuelven así, ya estamos derrotados.

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