El siempre nuevo y necesario mensaje de la Navidad

José María Montes Andía

Actualizado el 18/12/2023 a las 07:13

Cada año, en estas fechas, a medida que las ciudades y los hogares se van colmando de señales de que se acerca la Navidad, nos vienen sensaciones de años felices de infancia, de recuerdos de personas queridas que ya nos dejaron, de regalos y vida hogareña. Pero a veces nos asaltan también, por contraste, sentimientos de confusión emocional, de insatisfacción, que en nada se parecen a la felicidad que deseamos. A ello pueden contribuir las noticias diarias de guerras y desastres, de situaciones de pobreza extrema que obligan a emprender aventuras inciertas, tantas veces frustradas, de injusticias, de hambre; y, en sociedades como la nuestra, la soledad de tantas personas, el estrés, el cansancio, la sensación de sinsentido… Son situaciones que, gracias a la inmediatez y realismo con que nos las presentan los medios, nos interpelan a todos muy de cerca. Pero, se me ocurre pensar, además de esa breve y sentida conmoción que nos provocan, ¿repercuten esas realidades, de hecho, en nuestras vidas, en nuestro día a día? ¿O pensamos que ya hemos hecho bastante con sentir la compasión que nos provocan, para pasar página en seguida y volver a lo nuestro personal?

La Navidad nos pone delante, a los cristianos y a quienes se paren a contemplar su misterio y su mensaje, una escena de máxima pobreza -un pesebre en un lugar para animales- en la que, en vivo contraste, relucen “las verdaderas riquezas de la vida: no el dinero y el poder, sino las relaciones y las personas” (papa Francisco); la Familia, en una palabra, a la que cada familia humana está llamada a imitar. Es toda una invitación a que, cada cual en el lugar donde está (en el hogar, en el trabajo, en las relaciones sociales), trate de llevar a cabo ese gran milagro de olvidarse de uno mismo para atender con afecto a los demás; para quitar los obstáculos que nos puedan separar y poner la atención en lo que une; para no dejar que “las diferencias tengan la última palabra en nuestras relaciones personales” (Fernando Ocáriz); para tener paciencia con los defectos propios y ajenos; para perdonar y pedir perdón; para comprender y para servir. “Nunca he sido tan feliz, escribía León Tolstoi, como cuando me he puesto al servicio de los demás”. Cuando procuramos ver a los demás como Jesús los ve, con amor y misericordia, sin impaciencias, sin proyectar nuestros fallos sobre ellos, reconociendo y agradeciendo la diversidad y riqueza de las personas, sin juicios sumarios sobre ellas; entonces, verdaderamente, podemos decir que estamos adoptando el punto de vista del mismo Dios.

El mensaje del nacimiento de Jesús en Belén, tierra hoy azotada por la guerra, nos invita a considerar que el mejor regalo que podemos ofrecer en estas fechas no es, quizá, algo material, sino la cercanía y el afecto, en especial a las personas más necesitadas. Ojalá que, aunque no podamos remediar tanta pobreza material, muchas personas, en estos días de celebraciones navideñas, experimenten la riqueza de sentirse queridas gracias a nuestros detalles de servicio, de acompañamiento, de cercanía y de cariño. Si hacemos lo que podamos, será también para nosotros una muy feliz Navidad.

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