Antes de que sea demasiado tarde
Publicado el 25/09/2023 a las 07:19
Años atrás una muy amiga de entonces me decía: “No te engañes, Joseba. Con los años los hombres ganáis en calvicie, kilos y manías.” El tiempo me ayudó a acercarme al significado de aquella sentencia. No seas ingenuo, Joseba, años vividos no son, sin más, sinónimo de experiencia, madurez, sabiduría. La experiencia vivida en relación con otros, y conmigo mismo, me ha empujado a ir profundizando en todo ello. Por circunstancias de la vida, y desde hace más de un año, vivo con personas ancianas - la gran mayoría de ellos tienen más de 80 años -, y enfermas - con distintos grados de achaques, dolencias, enfermedades propios de la avanzada edad o no -. En el imaginario más o menos consciente, se suele identificar acríticamente “persona anciana” con experiencia, madurez y sabiduría. No dudo de que haya razón para que, en determinados casos, sea real y verdadera esa identificación. No obstante, las generalizaciones son, eso mismo, generalizaciones. A veces son también típicos tópicos. Y, por lo tanto, simplones o simplistas. Como el de que los refranes son fuente cierta y verdadera de conocimiento hasta que uno se da cuenta de que proliferan por doquier refranes con contenidos diametralmente opuestos. Si experiencia es también “conocimiento de la vida adquirido por las circunstancias o situaciones vividas”, si madurez es también “plenitud vital, buen juicio, prudencia o sensatez”, y si sabiduría es también “grado más alto de conocimiento o conocimiento profundo”, las generalizaciones sobre la ancianidad como sinónimo sin más de experiencia o madurez o sabiduría seguramente se muestran inconsistentes, cuando no engañosas y falaces. Porque tanto la experiencia como la madurez y la sabiduría no vienen dadas automáticamente por la cantidad - una cifra matemática o número sin más - de los años que una persona ha vivido según su documento nacional de identidad. Experiencia, madurez y sabiduría se han adquirido y se adquieren, también, con la reflexión que uno ha ido haciendo o está haciendo de las circunstancias o situaciones vividas, es decir, con la capacidad y con él hábito continuado de pensar atenta y detenidamente sobre uno mismo, sobre los demás, ..., a partir de las circunstancias o situaciones vividas. No es extraño encontrar respuestas adolescentes e infantiles en personas cabales y en su sano juicio de las que se supondría otra altura, otra madurez, otra profundidad. Hace ya muchos años yo visitaba cada domingo que podía - y pude mucho domingos aunque no todos - a la mañana a una persona - era una alumna mía de 1º de Bachillerato - que al final falleció a causa de un cáncer brutal en su cerebro. Un don especial, una gracia particular, le ayudaron a avanzar hasta ir alcanzando una experiencia, madurez, y sabiduría por la reflexión que las circunstancias de la vida le brindaron conocer por sí misma y vivir en su propia carne y espíritu. Durante prácticamente un año que duró su enfermedad fui a visitarla, a estar con ella (también con su familia), a escucharla, a verla… Tantos días, sobre todo hacia el final de su itinerario, nuestro encuentro transcurría casi en absoluto y sagrado silencio. En su deterioro constante, y en su progresivo declive anímico, corporal, espiritual, fue haciendo, a pesar de su corta edad, un aprendizaje de experiencia, madurez y sabiduría que aún hoy me ‘desarman’ cuando la recuerdo. La enfermedad le fue despojando de la salud a pasos agigantados y, por gracia, su espíritu fue alcanzando una experiencia, madurez y sabiduría que, por el momento, no encuentro en mí y que, en muy contadas o raras ocasiones, he encontrado en personas ancianas. Mientras la enfermedad le despojaba de prácticamente todo, hasta dejarla postrada en una mínima expresión de persona, su espíritu fue creciendo y alcanzado una ‘inteligencia’ tan sublime que me desarmaban en su sencillez, en su profundidad, en su verdad. Trato de no idealizar nada. Me decía un sabio profesor a mí, tan ingenuo en aquellos años: “Joseba, todo lo humano ha nacido bajo pecado original.” También las circunstancias y situaciones de la vida me han aproximado al contenido de esa expresión. El Eclesiastés, uno de los libros de la Sabiduría judía y cristiana, es testigo meridiano de todo ello. No doy por supuesto, ni conociéndome a mí, ni a los que me rodean, que los muchos años son, sin más, sinónimo de experiencia, madurez y sabiduría. Si el valor hay que demostrarlo o probarlo en el combate, también, de manera análoga, la experiencia, madurez y sabiduría hay que demostrarla y probarla. No se presuponen sin más. Los muchos años no aquilatan la persona humana en lo que pueda tener de más bello, noble y verdadero. No, al menos, sin más de modo automático, mecánico. El peso y el poso de la experiencia, madurez y sabiduría son de otro orden al del cálculo matemático de los años. Porque hay una edad cronológica que no es, ni tiene porqué ser, la edad emocional, la edad mental, la edad espiritual. El que una persona haya cursado muchos años no quiere decir que haya cursado las etapas que conllevan a experiencia, madurez y sabiduría. Y hay señales, a veces muy evidentes, de que no estamos madurando lo suficiente a pesar de la edad.