Navegamos con la razón y el escepticismo

Rafael Blasco García

Publicado el 02/09/2023 a las 08:22

Ya hemos sobrepasado el meridiano del estío. Los mares rebeldes se han tornado amables para nuestros cuerpos que se ven tonificados por una mansedumbre azul y acariciadora. Cuando el calor del verano, con un sol sin concesión de piedad, se empecina en abrocharnos los botones, nos deslizamos hacia las tibias zonas donde reina la sombra buscando la breve y apaciguadora lujuria de la siesta, con el toque onírico de la vida en calma que nos aparta del abrasamiento del asfalto y nos sumerge en una música cuya letra intemporal la ponen los placeres esenciales de vivir.

Vamos recuperando la frescura para retornar a la intemperie de nuestra vida y volver a coger, esperanzados, el rumbo equilibrado que nos proporciona la bonhomía y su práctica, en una sociedad en la que solo lloran los ancianos y los niños; el resto, entregado a la alfaguara incontenible del temor al futuro, carece de tiempo. Las masas, como un Prometeo sin rumbo, se encadenan voluntariamente al nuevo triángulo divino, en cuyo centro está el ojo de Google flanqueado por las redes sociales y el galopante nihilismo.

Este verano, España huele a política y a sus pecados tórpidos de paludismo intelectual. El ciudadano vota, en un sistema poco participativo, y ve pinchado el globo de sus ilusiones ante los pactos que arrastran a los Cien Mil Hijos de San Luis ávidos de seísmos políticos. El gobierno saliente siempre deja al entrante un ramo de flores marchitas sobre la losa en la que reposan la herencia de las crisis y una eterna deuda, fané y descangallada, que sigue bacheando el camino del progreso. Tenemos un puñado de partidos fantasmales y desnutridos que debilitan la democracia con sus danzas parapsicológicas. Sánchez tiene un alma ignífuga y, hasta el presente, pasa entre las llamas de sus adversarios sin quemarse. Queda ya lejos una revolución socialista que, tras su oferta de pan y regazo, ocultaba las semillas del capitalismo, dejándonos un poco huérfanos, como sumergidos en una lluvia de domingo por la mañana. Desde la Moncloa se obsequia con la oración del progresismo a una ciudadanía que, con demasiada frecuencia, se ve obligada a caminar por el costado del viento. Una vez más se muestra la estafa que la Historia regala a un pueblo que ya no se conmueve con música esteparia y encierra a sus poetas en las páginas de los libros.

Se está practicando una política de intereses de poder que se ha hecho, tautológicamente, con intereses, y esto es de una pobreza moral que da vergüenza glosar. Nuestros políticos celebran su inoperancia con champán o cava catalán, en este bosque de Macbeth. Feijóo, desorientado, y Sánchez, en plena febrícula, predican la justicia social al pueblo, justicia que deterioran con sus políticas del “yo, mí, me, conmigo”. ¡Qué monótona es la rana humana!, decía Jacinto Benavente. A buena parte de los votantes de VOX les basta con haber encontrado un instrumento para castigar y perseguir al bipartidismo. A los del PP les gustaría ser socialistas de antes; ya que no pueden, debieran probar con una derecha moderada que se aproxime al votante de centro, al que tienen decepcionado. Mantenemos hipotecada nuestra libertad y preferimos ponerla en otras manos que la manejen por nosotros y nos exoneren de la responsabilidad de ejercerla. Europa ha perdido la moral ante una sociedad que propicia vivir sin supeditarse a ella, considerando falsamente que la libertad consiste en no supeditarse a nada. El privilegio del ser humano es la memoria de sus errores, que la Historia ha ido decantando durante milenios, y de los que debemos aprender a sacar conclusiones. Romper el hilo conductor de nuestro pasado es el mejor modo de retroceder al mundo irracional donde reina la barbarie. Navegamos con la razón y el escepticismo a través de la vida, intentando hallar el equilibrio. La humanidad debe ser preservada, dice Locke, y ha de velar por los valores alcanzados. Nuestro deber de hacer el bien es un axioma de la Razón Práctica, y se extiende en el pensamiento y acción altruista que debemos a nuestra descendencia.

Rafael Blasco García

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