El destructor de mundos
Publicado el 04/08/2023 a las 07:42
Recientemente, he tenido la oportunidad de disfrutar de la nueva película del director Cristopher Nolan que abarca la vida del físico teórico Robert Oppenhaimer. Este científico, coetáneo de Albert Einstein, ha pasado a la historia por ser uno de los artífices de las bombas atómicas lanzadas en Hirosima y Nagasaki en la segunda guerra mundial. La película abarca su implicación en el proyecto Manhattan, en el que se planificó y ejecutó la construcción de estos artefactos, así como los conflictos internos generados en el mismo y derivados de las consecuencias de su propia creación.
Tras disfrutar de la oscuridad del caballero oscuro en la que creo que es la mejor trilogía de Batman llevada al cine y gozar con la fina ciencia ficción de Origen, Interestellar y Tenet, el genio de Nolan casi se había convertido en mi director de referencia para copar las escasas ocasiones en las que asisto a la gran pantalla. La verdad es que, en este giro de la ficción a lo histórico, de nuevo el cineasta Londinense creo que no decepciona.
Me quedo, entre los muchos mensajes de la película, con la frase que asalta la portentosa mente del protagonista en el momento en el que observa por primera vez el poder de su creación: “Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”. Es claro que desarrollar semejante potencia armamentística en el contexto de una guerra global puede devenir fácilmente en lo que acabó sucediendo: una catástrofe histórica que supuso la muerte de miles de personas. La bomba atómica, finalmente, fue utilizada como herramienta ofensiva y no como elemento disuasorio para evitar la continuación de la guerra.
La segunda guerra mundial quedó en el pasado siglo y el mundo occidental ha vivido unas décadas de relativa paz, estabilidad y desarrollo que creo escasas en el resto de la historia del ser humano. Con un nivel de bienestar occidental global que se encuentra muy por encima del que tenía la población de mitad del siglo XX, el mundo actual no parece libre de incertidumbres y amenazas: La realidad parece querer resquebrajar nuestro frágil muro de bienestar a base de pandemias, nuevas guerras y un mundo lleno de nuevas herramientas que con todas sus bondades y acelerados avances bien podrían ser utilizados para provocar un desenlace similar o peor al que generó la creación de Oppenhaimer. La inteligencia artificial o los algoritmos pueden ser un par de ejemplos que se me ocurren entre muchas otras.
No creo que los creadores de ninguna de estas herramientas puedan entrar en la categoría de “destructores de mundos” quizás ni el protagonista de la película que ocupa este escrito quede bien retratado si lo incluimos en la misma. Parece más una cuestión de uso que de disposición.
En una sociedad que pone el foco más en los derechos que en los deberes, más en la libertad que en el compromiso, más en el goce que en la responsabilidad parece sencillo demonizar a un otro por los efectos negativos de estas herramientas ya que de esta manera se nos exime parcial o totalmente de la responsabilidad y el deber del buen o mal uso de las mismas. No creo que sea en los creadores, ni si quiera las herramientas en sí donde debamos poner el foco de atención y precaución. Áreas de la experiencia humana, muchas de ellas en deterioro hoy en día, que deben ser cuidadas y desarrolladas con constancia y dedicación como son: la educación, la formación, la familia, el compromiso, el trabajo, el pensamiento crítico, la reflexión, la ética, la moral entre muchas otras pueden convertirnos a cada uno de nosotros y nosotras y a todos y todas a la vez en destructores o creadores de mundos.
Arturo Lecumberri Martínez. Psicólogo en Clínica Universidad de Navarra