Conciencia, entusiasmo y necesidad de vivir
Publicado el 28/07/2023 a las 07:25
Hay que poner las manos en concilio para aplaudir la paciencia y serenidad de la ciudadanía ante todo este periplo electoral que nos ha atravesado, convulsionando un verano tocado de volterianismo, en el que el esperanzado triunfo que soñó el PP ha zozobrado por el error de Feijóo al navegar con VOX. Decía Julio Camba que Galicia es una tierra de sardinas y de políticos; al parecer, el líder del PP no ha estado a la altura de las sardinas plateadas de su tierra.
Pedro Sánchez, contra todo augurio, no ha visto a la rosa socialista transformarse en su corona de espinas. Salvo un hipotético entendimiento entre los dos grandes bloques, la gobernanza del país dependerá del sabor de los caramelos que se ofrezcan a las fuerzas políticas menores, sin que se cierre la posibilidad de nuevas elecciones. El liderazgo ilusionante sigue permaneciendo en las cunetas del sendero político. El tiempo dice al hombre su palabra y, en democracia, le recuerda al Gobierno su condición de ceniza electoral.
Tenemos más sentimientos que pensamientos y no nos gusta que nadie, en la greña jacobina, nos lance sus piedras, por muy góticas y labradas que estas sean. La confianza en la clase política está muriendo en España por consunción, y se conserva por las transfusiones de sangre aportadas mediante los resquicios de esperanza que siempre mantiene la criatura humana, pese a su estado de domesticidad.
Los preciosistas de la política han visto arder el idealismo que impide volver a inventar España, tan profanada por las inhumanas ideologías que brotaron de las fuentes del fanatismo. Estamos ahítos de tonterías atrabiliarias y extravagancias políticas que han producido desgaste y hastío, contagiando desinterés hacia el prójimo y retrocediendo el ciudadano hacia un ente hermético e insolidario. Además de la política y, pese a ella, sobrevolándolo todo, están las personas, la evolución de nuestra especie, su conciencia, entusiasmo y necesidad de vivir. La existencia humana, tan impregnada de prisa, está olvidando las hora s de sesenta minutos que pausaban los días, dejándonos espacio para el grato cosquilleo de las sensaciones y emociones que nos llegan a través del amor, la empatía, el deslumbramiento y la admiración, como prólogo deseado del equilibrio emocional.
Necesitamos fomentar la estimación mutua, la ternura sostenida en el tiempo, la capacidad de observar cómo los campos, en su repetida y bella monotonía, vuelven a dar sus flores, que nunca son las mismas flores. Valoremos el premio sublime de la soledad dulcemente acompañada y pongamos espuelas al desmayo para aprovechar las verdes horas que nos regala la vida; hay quienes dimiten de ella por temor a vivirla, incapaces de soñar hasta el insomnio.
Estamos cayendo en un tránsito inverso de la edad adulta a la infancia de la feliz ignorancia; nos entregamos a todo tipo de ejercicios físicos y a pocos intelectuales, poniendo de manifiesto un evidente desequilibrio que nos mantiene aletargados hasta caer, cada noche, en esa frontera del sueño donde el ser humano afronta su rigurosa intimidad y sus insobornables verdades, buscando la luz en el laberinto inconfesable de nuestros más íntimos pensamientos; cuando la autocrítica se revela contra nosotros mostrándonos remordimientos, frustraciones, clarividencias y verdades que aparecen como fantasmas de la noche, aportando o restando coraje para el nuevo amanecer que vuelve a ponernos en pie sobre la vida. El mundo bulle en una mediocridad que olvida el sufrimiento ajeno y desvía la mirada. A la luz íntima de los melancólicos días del otoño, comenzaremos de nuevo a tomar el pulso a la política, confiando en que España, siempre en luna menguante o creciente, llegue algún día a luna llena.
Rafael Blasco García