Un Gobierno sin principios

Ana Velasco Vidal-Abarca

Publicado el 19/05/2023 a las 07:55

Escuchar al presidente del Gobierno de España, presidente de todos los españoles, decir que “ETA dejó de actuar”, como si fuera un actor en una representación teatral, o que “dejó de existir” -cuando en realidad lo que ha hecho ha sido dejar de asesinar y cambiar de siglas-; obviando además que las consecuencias de sus crímenes siguen existiendo y son irreparables, es de una perversión de tal calibre que produce estremecimiento y miedo. Quien es capaz de pronunciar esas palabras no puede dirigir nuestro destino, porque nos conduce irremisiblemente hacia la corrupción moral más absoluta. Al martes en el Senado, el señor Sánchez quiso minimizar, incluso negar, el maligno control que ETA ejerce sobre el Gobierno de España y para hacerlo se ha convertido en un miserable Judas dispuesto a vender la dignidad de nuestra Nación y a pervertir el significado moral y simbólico de las víctimas del terrorismo, a reducir el alcance de los estragos causados por ETA al dolor de sus familias, obviando que con cada víctima, ETA ha querido destruir a la Nación Española, lo mismo que quiere seguir haciendo desde las instituciones, con la complicidad de este Gobierno sin principios. Esa es la verdad, la terrible y miserable verdad que el presidente trata de ocultar con abyectas mentiras. Un asesino es un asesino y nunca deja de serlo porque no puede devolver la vida a las personas a las que se la arrebató. Que ETA esté en las instituciones, que sus asesinos se presenten en las listas electorales es una infamia que los españoles no podemos consentir porque nos envilece a todos. Que el presidente del Gobierno de España trapichee a escondidas con los que presentan esas listas para tratar de lavarse la cara mutuamente ante semejante felonía es intolerable. Y sí, el dolor que produce tanta miseria, tanta mentira y tanto cálculo inmoral, es inmenso.

*Ana Velasco Vidal-Abarca, hija de Jesús Velasco Zuazola, asesinado por ETA en Vitoria el 10 de enero de 1980, y de Ana María Vidal-Abarca, fundadora de la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

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