Pasión osasunista

Antonio Imízcoz

Publicado el 09/05/2023 a las 07:14

Discrepo, ya perdonarán, del titular de portada de ayer en DN: “Vuelta a la realidad”. ¿Dónde estaban el viernes por la tarde, el sábado por la mañana, hasta las diez y un minuto y pico de la noche? En Sevilla no. Porque no ha habido nada más real, más grande, más ejemplar, más digno y más emocionante que esa capital hispalense teñida de rojo, cantando en rojo, aplaudiendo, jaleando con nuestros colores. Eso era, esa es la realidad de Osasuna, de Pamplona, de Navarra, veinticinco mil personas, de todo sexo, raza y condición, también de una y otra, y otra más, ideología, resumidas bajo un color, bajo una pasión, bajo un nombre: Osasuna.

Ejemplar el comportamiento de la afición osasunista. Sin renunciar a nuestra forma de ser, de celebrar, de gastar y de beber (que se lo pregunten a los bares y comercios sevillanos), hasta animamos una manifestación de sanitarios e hicimos el paseíllo de su vida a dos novios que salían de la catedral (bueno, igual la novia no iba muy convencida, pero el novio cantaba con nosotros como si en lugar del banquete se fuera a venir a La Cartuja).

“Una gitana loca” nos echó las cartas mil veces, “porque llegaron las fiestas de esta gloriosa ciudad”, que es Pamplona pero se había trasladado al Parque de María Luisa, a la Plaza de España, al Barrio de Santa Cruz y a los pies de la Giralda. E ibas por la calle, allí, sí, en Sevilla, a novecientos kilómetros, y un chavalico de diez años te gritaba “Osasuna nunca se rinde”; y un señor mayor te decía “metedles ocho”. Y tu ponías cara de saber qué teníamos enfrente y que los ocho iban a estar caros.

Cuando el árbitro pitó el final del partido, mi hijo no pudo contener las lágrimas. Lo abracé tragándome las mías. Creo que la euforia de quince horas en Sevilla nos hicieron concebir unas esperanzas que, ésas sí, a lo mejor no eran reales. Pero, oye, qué h... los de nuestros jugadores, qué entrega, que orgullo hasta sin Copa. Porque ellos, con su juego, con su resistencia, con no bajar la cabeza ante los gallitos blancos, hicieron que hasta que mi hijo rompió en lágrimas, siguiéramos creyendo.

Gracias, Jagoba Arrasate. Gracias, jugadores de Osasuna. Gracias a nuestro club y, sobre todo, gracias a esos veinticinco mil desconocidos (veinticuatro mil ochocientos, porque me encontré más amigos que si hubiera estado en la Plaza del Castillo el siete de julio), porque en Sevilla hemos hecho un club grande y varios miles de aficionados andaluces. Ah, y a ver cuándo echamos de nuestras gradas a esa caterva de demenciados que se paseaban en pelotón con aires castrenses con una camiseta que ponía “Osasuna Hooligans” y un escudaco perfectamente parangonable a la mejor tradición fascista. No nos hacen ninguna falta y empañan el nombre de nuestro club y de una afición que para nada representan.

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